Evidencia de una creciente brecha de mortalidad para personas con trastornos del espectro de la esquizofrenia

18 de marzo de 2026

En un artículo reciente, Plana-Ripoll y colaboradores examinan la evolución de la mortalidad en personas tratadas por trastorno mental en Dinamarca durante catorce años. A partir de una cohorte nacional superior a siete millones de individuos, los autores comparan las tasas estandarizadas de mortalidad en distintos periodos, incluyendo la pandemia de COVID-19. Aunque la mortalidad relativa disminuyó para la mayoría de los trastornos mentales, en los trastornos del espectro de la esquizofrenia (SSDs) aumentó, un patrón también observado en Escocia y, en menor medida, matizado en Hong Kong. En conjunto, estas investigaciones señalan una brecha de mortalidad persistente y, en algunos contextos, creciente, a pesar de la implantación temprana y amplia de servicios de intervención precoz (EI) como el programa OPUS.

1. Perspectiva de Salud Pública: Comprender la “brecha de mortalidad”
Las tasas estandarizadas de mortalidad dependen tanto del grupo clínico como de la población general, por lo que es necesario considerar medidas absolutas y relativas. En Dinamarca, las tasas brutas de mortalidad en SSDs descendieron en los primeros doce años pero repuntaron en 2022–2023, patrón también visible en la población general y coincidente con el impacto de la pandemia. Sin embargo, las mejoras en salud poblacional previas a la COVID-19 no se trasladaron con igual intensidad a quienes viven con SSDs, evidenciando un déficit sostenido en la reducción de riesgos.

2. Perspectiva Clínica: Efectividad del tratamiento en la práctica real
El aumento de la brecha podría atribuirse a una menor efectividad de la intervención precoz fuera de los ensayos controlados. No obstante, los estudios de OPUS no muestran diferencias significativas en mortalidad ni un deterioro de su impacto en contextos reales. Mientras algunos programas, especialmente EASY en Hong Kong, han mostrado reducciones en suicidio, los resultados sobre salud física siguen siendo limitados, como ilustra el ensayo CHANGE.

3. Perspectiva del Paciente: Prioridades terapéuticas
Las investigaciones sobre necesidades percibidas sugieren que los pacientes con SSDs otorgan escasa prioridad a la salud física y al riesgo suicida, posiblemente debido a la mayor urgencia subjetiva de los síntomas psicóticos y afectivos, o a una baja conciencia del riesgo.

4. Hacia un Enfoque Integrado. La persistencia y ampliación de la brecha de mortalidad reclaman estrategias innovadoras que integren perspectivas poblacionales, clínicas y de pacientes. Solo mediante inversiones sólidas en investigación y servicios será posible revertir estas tendencias y mejorar el pronóstico vital en SSDs.

Por Alfredo Calcedo 1 de mayo de 2026
El texto plantea una pregunta incómoda pero necesaria: si sabemos que los hombres mueren más por suicidio, ¿por qué seguimos actuando como si todos tuvieran el mismo riesgo? En la mayoría de países, también en España, los hombres se suicidan mucho más que las mujeres, pero las políticas de prevención apenas tienen en cuenta esa diferencia. No es un problema de falta de datos, sino de decisiones culturales y políticas. Se suele repetir que los hombres no piden ayuda, aunque los datos muestran que muchos sí contactan con el sistema sanitario o social antes de morir, pero su sufrimiento no es reconocido. El problemas es que ese malestar suele expresarse de forma indirecta, a través de irritabilidad, consumo de sustancias, aislamiento, conductas de riesgo, señales que a menudo no se reconocen como alarma y pasan desapercibidas. El problema no es solo clínico, sino cultural. Ligado a un modelo de masculinidad, muchos hombres han aprendido que deben ser fuertes, autosuficientes y no mostrarse vulnerables. El valor personal se focaliza en al trabajo, el control y el éxito. Cuando se pierde el trabajo, una relación o la salud, no solo se pierde algo concreto, sino también su identidad, Cuando esos pilares se derrumban, aparece la vergüenza y la sensación de fracaso La prevención eficaz exige reconocer esta vulnerabilidad específica, adaptar la atención, revisar los sesgos y cambiar modelos culturales. No hacerlo implica seguir perdiendo vidas que podrían salvarse.
Por Alfredo Calcedo 1 de mayo de 2026
El artículo recorre la historia del tratamiento de la ansiedad como si fuera un largo viaje que acompaña a la humanidad desde la Antigüedad hasta hoy. Comienza en la Antigüedad clásica, donde médicos y filósofos griegos entendían la ansiedad como un desequilibrio entre cuerpo y mente. Se trataba con dieta, ejercicio, plantas medicinales y reflexión filosófica, buscando restaurar la armonía interior Durante la Edad Media y la Edad Moderna, esa visión médica convivió con interpretaciones religiosas y morales. La ansiedad podía verse como un sufrimiento espiritual o como un desequilibrio de los humores, y los tratamientos combinaban rezos, disciplina, consejos éticos y prácticas médicas de la época. Más adelante, con el avance de la medicina científica, surgieron explicaciones basadas en los nervios, la fisiología y, finalmente, la psiquiatría moderna En los siglos XX y XXI, aparecieron clasificaciones más precisas y los tratamientos farmacológicos actuales, como benzodiacepinas y antidepresivos, junto con terapias psicológicas como la cognitivo-conductual. En la actualidad, la ansiedad se aborda desde un modelo integrado que une fármacos, psicoterapia y factores sociales y culturales. La conclusión es que la historia de tratar la ansiedad no es una sucesión de reemplazos, sino una acumulación de saberes. La forma moderna de tratar la ansiedad recoge ideas antiguas y las combina con el conocimiento científico, mostrando que la ansiedad es, a la vez, un problema clínico y una experiencia profundamente humana.
Por Alfredo Calcedo 30 de abril de 2026
Revisión narrativa que tiene como objetivo sintetizar la evidencia actual sobre la presentación en adultos y los trastornos concomitantes, examinar las barreras para la identificación y proponer un marco de desarrollo, dimensional y contextual para la evaluación y formulación psiquiátrica. El artículo reflexiona sobre cómo el autismo en adultos sigue siendo poco reconocido en la práctica psiquiátrica. Durante muchos años, el autismo se ha considerado sobre todo un trastorno infantil, lo que ha llevado a que muchos adultos pasen desapercibidos o reciban diagnósticos equivocados. El trabajo explica que, en la edad adulta, el autismo puede presentarse de formas más sutiles, especialmente en personas con buen rendimiento intelectual o con gran capacidad para adaptarse socialmente. Uno de los problemas centrales es la confusión entre rasgos autistas y síntomas de otros trastornos psiquiátricos, como la ansiedad, la depresión o los trastornos de la personalidad. Además, muchas personas aprenden desde jóvenes a “camuflar” sus dificultades, lo que dificulta aún más el reconocimiento clínico. Esto es especialmente frecuente en mujeres, cuyos perfiles suelen alejarse del estereotipo clásico del autismo. El artículo subraya que la falta de diagnóstico adecuado tiene consecuencias importantes: tratamientos poco ajustados, sensación de incomprensión y mayor sufrimiento psicológico. Por ello, los autores destacan la necesidad de que los psiquiatras de adultos integren una mirada más amplia, tengan en cuenta la historia evolutiva del paciente y conozcan mejor las manifestaciones del autismo en la edad adulta. Reconocer el autismo a tiempo puede mejorar notablemente la atención clínica y la calidad de vida de estas personas. ( Cureus )