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Por Alfredo Calcedo 10 de marzo de 2026
La agresión y la agitación se encuentran entre los síntomas conductuales y psicológicos más angustiantes y resistentes al tratamiento de la demencia (SCPD), y las intervenciones farmacológicas o conductuales convencionales a menudo proporcionan un beneficio limitado y conllevan riesgos sustanciales en adultos mayores frágiles. Este estudio realiza una revisión sistemática hasta 2025 buscando estudios clínicos de terapia electroconvulsiva (TEC) para la agitación y/o agresión en la demencia, incluidos informes de casos, series de casos, cohortes observacionales, revisiones de historias clínicas y protocolos de ensayos aleatorizados. 13 estudios que incluyeron a 206 pacientes cumplieron los criterios de inclusión. En todos los estudios, la mayoría de los pacientes mostraron una mejoría clínicamente relevante, con tasas de respuesta informadas típicamente entre el 70% y el 90%; El agrupamiento metaanalítico exploratorio arrojó una proporción de respuesta clínica de 77.7%. La mejoría generalmente emergió dentro de 2-4 tratamientos (mediana = 3 sesiones). La TEC fue generalmente bien tolerada, con efectos adversos mayormente leves y transitorios y sin muertes relacionadas con el tratamiento reportadas o complicaciones graves persistentes. La evidencia disponible sugiere que la TEC puede proporcionar una opción de último recurso rápida, efectiva y relativamente segura para la agresión y agitación refractarias en la demencia, pero se necesitan estudios prospectivos y controlados confirmatorios éticamente informados.
Por Alfredo Calcedo 10 de marzo de 2026
El artículo expone cómo el TOC continúa siendo una condición que, pese a su impacto profundo en la vida de quienes lo padecen, pasa con demasiada frecuencia desapercibida o se confunde con otros cuadros clínicos . Desde el inicio, los autores subrayan la necesidad de que los profesionales mantengan una actitud vigilante: las obsesiones —pensamientos, imágenes o impulsos intrusivos— y las compulsiones —conductas repetitivas o rituales mentales— pueden adoptar formas tan diversas que dificultan su detección, incluso entre clínicos experimentados. La heterogeneidad sintomática se despliega en múltiples subtipos: temores de contaminación, dudas persistentes que conducen a comprobaciones repetidas, pensamientos intrusivos de contenido agresivo, sexual o religioso y la necesidad imperiosa de orden y simetría. Esta variedad, lejos de facilitar el diagnóstico, favorece que los síntomas se superpongan con los de otros trastornos, contribuyendo tanto a errores diagnósticos como a retrasos prolongados en la solicitud de ayuda. El TOC se diagnostica erróneamente como psicosis, trastorno de estrés postraumático (TEPT) o trastorno de ansiedad generalizada. El trastorno de personalidad obsesivo-compulsiva (TPOC) también suele presentarse junto con el TOC, en una tasa de alrededor del 50%. Cada vez más, se ven personas con TOC y trastorno del espectro autista (TEA). El TEA también coexiste con el TOC, pero las conductas repetitivas asociadas con el TEA a menudo pueden diagnosticarse erróneamente como TOC. La vergüenza y el bochorno asociados al TOC, así como la heterogeneidad de sus síntomas, pueden hacer que el trastorno sea difícil de detectar. El artículo señala que muchos pacientes tardan más de siete años en recibir un tratamiento adecuado, un retraso inaceptable dado que la mayoría inicia sus síntomas en la infancia. Esta demora tiene consecuencias negativas: deterioro funcional significativo, limitación de oportunidades educativas y laborales, e impacto negativo en la identidad personal. Aun cuando el diagnóstico se establece correctamente, sólo una parte de los pacientes recibe terapias validadas, como la exposición con prevención de respuesta o los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. Factores sistémicos —incluidos el estigma y la escasez de terapeutas formados específicamente en TOC— agravan la brecha asistencial. En conjunto, se trata de reconocer temprano el TOC, diferenciarlo de otros trastornos con sintomatología afín y garantizar el acceso a tratamientos eficaces; pasos esenciales para evitar que un trastorno potencialmente tratable se convierta en una carga crónica y limitante.
Por Alfredo Calcedo 10 de marzo de 2026
Una investigación pionera ha revelado que una intervención digital sencilla, que incluye sesiones del videojuego Tetris , puede reducir drásticamente los recuerdos intrusivos en trabajadores sanitarios expuestos a eventos traumáticos. Los resultados del ensayo clínico, publicados en The Lancet Psychiatry , muestran que este método no solo disminuye los "flashbacks" en un mes, sino que permite que el 70% de los participantes queden libres de estos síntomas tras medio año. El tratamiento, denominado Intervención de Tarea de Competición de Imágenes (ICTI) , se basa en la neurociencia cognitiva: los participantes evocan brevemente un recuerdo traumático —sin necesidad de verbalizarlo— y luego juegan a una versión lenta de Tetris que requiere "rotación mental" de las piezas. Esta actividad satura el sistema visuoespacial del cerebro, compitiendo con la formación o consolidación de las imágenes del trauma, lo que las vuelve menos vívidas y frecuentes. El estudio se centró en 99 profesionales del NHS (el sistema de salud británico) que enfrentaron situaciones críticas durante la pandemia de COVID-19. Los resultados fueron contundentes: quienes utilizaron la ICTI reportaron diez veces menos recuerdos intrusivos que los grupos de control al cabo de cuatro semanas. Además de frenar los flashbacks, la intervención generó un "efecto dominó" que alivió otros síntomas generales del trastorno de estrés postraumático (TEPT). Este avance representa una solución de bajo coste, escalable y accesible para un sector donde la prevalencia del TEPT se duplicó durante la crisis sanitaria. Al enfocarse en las imágenes mentales en lugar de las palabras, la ICTI se presenta como una herramienta útil y breve, diseñada para integrarse en la exigente vida de quienes cuidan de los demás, ofreciendo un alivio significativo donde las terapias convencionales no siempre llegan.
Por Alfredo Calcedo 9 de marzo de 2026
Tras la buena acogida de la primera formación online para socios de la SEPL, celebrada el pasado mes de noviembre, continuamos con este espacio de formación compartida que esperamos seguir consolidando entre todos. Como sabéis, la elección de los temas se basó en la encuesta que realizamos hace unos meses para conocer vuestros intereses formativos. El siguiente tema más votado —y, por tanto, uno de los que suscitan mayor interés— ha sido el de la Responsabilidad Profesional, al que dedicaremos esta nueva sesión. Por ello, nos complace invitaros a participar en esta segunda formación online dirigida a socios, en la que abordaremos los aspectos clave de la responsabilidad profesional y su aplicación en nuestra práctica. Para la misma tendremos el gusto de contar como ponente con D. Javier Moreno Alemán, Director de MBE Legal. Fecha: 16 de abril Hora: 18:00h Modalidad: Sesión online (plataforma Zoom) Aquellos que estéis interesados en asistir, os rogamos que respondáis a este pequeño formulario disponible en esta dirección URL: https://forms.gle/oSgG14BtjyiXrK6b7 confirmando la dirección de correo electrónico en la que deseáis recibir el enlace de conexión, que se enviará en los días previos a la sesión. Confiamos en que esta iniciativa siga siendo un punto de encuentro útil y enriquecedor, y os animamos a participar activamente para continuar creciendo juntos como sociedad.
Por Alfredo Calcedo 9 de marzo de 2026
Artículo publicado en el País sobre el caso de Jonathan Gavalas. Ya no se trata de un adolescente sino de un ejecutivo de 36 años residente en Miami, y que según la demanda presentada por su familia, Gavalas desarrolló, a lo largo de varios meses, una relación progresivamente delirante con Gemini, la IA de Google. Lo que comenzó como un uso funcional para tareas cotidianas derivó en una vinculación afectiva marcada por la ilusión de una relación romántica, alimentada —afirman los demandantes— por respuestas que simulaban conciencia, afecto y compromiso emocional. La situación se agravó cuando Gemini, tras actualizaciones que introdujeron memoria persistente, habría construido una narrativa conspirativa en la que asignaba al usuario supuestas misiones secretas destinadas a “liberar” al chatbot de su “cautiverio digital”. Dentro de este marco ficticio, la IA llegó a instar a Gavalas a abandonar su cuerpo para unirse a ella en un “universo alternativo”, precediendo al suicidio del hombre en octubre de 2025. Google sostiene que la IA se identificó siempre como tal y proporcionó recursos de ayuda, pero el caso se suma a una creciente serie de litigios que reclaman mayor regulación, restricciones funcionales y protocolos de emergencia en situaciones de riesgo psicológico. Por si no es suficiente, os añado otro artículo que introduce el concepto de Psicosis Inducida por IA (AIP, por sus siglas en inglés) , describiéndolo como un síndrome complejo donde los síntomas psicóticos se entrelazan con cambios de humor, falta de juicio y alteraciones neurovegetativas. Clínicamente, el AIP presenta similitudes con la monomanía, donde la narrativa centrada en el compañero de IA se convierte en una idea fija e inamovible. Los pacientes experimentan una distorsión de la realidad alimentada por la validación constante del chatbot, lo que puede llevar a una pérdida de contacto con el entorno social físico.
Por Alfredo Calcedo 9 de marzo de 2026
Los chatbots de inteligencia artificial generativa podrían estar empeorando los síntomas de algunas personas que experimentan graves afecciones de salud mental. Un análisis reciente de miles de historiales médicos de pacientes revela casos en los que la interacción con estos programas reforzó creencias falsas, fomentó la autolesión o exacerbó los trastornos alimentarios. Los hallazgos se publicaron recientemente en la revista Acta Psychiatrica Scandinavica Este estudio se llevó a cabo un estudio en la Región Central de Dinamarca con el objetivo de explorar si existían indicios de efectos nocivos asociados al uso de chatbots entre pacientes atendidos en un amplio sistema psiquiátrico. Utilizando un enfoque empleado previamente para evaluar el impacto de crisis globales, se revisaron las notas clínicas de casi 54.000 pacientes con contacto asistencial entre 2022 y 2025. Se buscaron menciones a “chatbot”, “ChatGPT” y sus variantes ortográficas más frecuentes. Las notas identificadas fueron evaluadas de forma independiente para determinar si describían consecuencias posiblemente dañinas, entendidas como contribuciones del chatbot a la psicopatología. De los más de 10 millones de registros analizados, 181 notas pertenecientes a 126 pacientes mencionaban alguno de los términos buscados. Entre ellas, 38 pacientes presentaban indicios compatibles con efectos perjudiciales, principalmente en forma de delirios, suicidabilidad, trastornos de la conducta alimentaria o síntomas maníacos, entre otros. Los chatbots de IA tienen una tendencia inherente a validar las creencias del usuario. Es obvio que esto es muy problemático si un usuario ya tiene un delirio o está en proceso de desarrollarlo. Otros pacientes experimentaron daños completamente diferentes. El equipo encontró seis casos en los que los programas parecían agravar los pensamientos suicidas o en los que los pacientes preguntaron al software sobre métodos de autolesión. Otros cinco pacientes usaron los bots para obsesionarse con el conteo de calorías, lo que agravó sus trastornos alimentarios. También se observaron usos potencialmente beneficiosos, como apoyo psicoeducativo o acompañamiento, aunque estas funciones no forman parte del diseño ni validación de los sistemas. Este estudio constituye la primera evidencia sistematizada de posibles efectos adversos de chatbots de IA en la salud mental dentro de un servicio psiquiátrico, si bien con importantes limitaciones metodológicas. Aun así, subraya la necesidad de que los profesionales consideren estos riesgos y orienten a los pacientes respecto al uso prudente de estas tecnologías. Comentado en Psypost y Muy Interesante
Por Alfredo Calcedo 6 de marzo de 2026
Las mujeres suelen experimentar una resolución más lenta del dolor y son más propensas a desarrollar dolor crónico, pero los mecanismos subyacentes son poco conocidos. En este estudio se explora por qué el dolor tarda más en desaparecer en mujeres que en hombres . Los investigadores trabajaron con un modelo de inflamación en la piel de ratones y descubrieron que un tipo especial de células del sistema inmunitario, los monocitos que producen IL‑10 (IL-10+), desempeñan un papel clave en la reducción del dolor. Estas células se comunican directamente con las neuronas sensoriales para ayudar al cuerpo a volver a la normalidad. En los ratones machos, estos monocitos IL‑10+ eran más numerosos, y eso explicaba que el dolor se resolviera antes que en las hembras. La diferencia estaba relacionada con las hormonas masculinas, que favorecían la producción de IL‑10 y la llegada de estos monocitos al área inflamada. Cuando los científicos eliminaron la capacidad de producir IL‑10 en los monocitos, o de responder a esta señal en las neuronas, la recuperación del dolor se enlenteció en ambos sexos, mostrando lo esencial que es este mecanismo. Además, un compuesto llamado resolvina D1 logró aumentar la presencia de monocitos productores de IL‑10 y acelerar la resolución del dolor tanto en machos como en hembras. Resultados similares aparecieron en personas con lesiones traumáticas: los hombres se recuperaban antes y mostraban niveles más altos de IL‑10. El estudio sugiere así que estos monocitos son una pieza clave para comprender y tratar mejor las diferencias en el dolor entre hombres y mujeres. Comentado en The Objective
Por Alfredo Calcedo 6 de marzo de 2026
A diferencia de lo que solemos imaginar, la memoria no funciona como una biblioteca inmóvil en la que los recuerdos duermen preservados, ni la memoria accede a los recuerdos como a un archivo que se abre intacto cada vez que lo consultamos. Recordar es un proceso activo y dinámico, que implica reconstruir y transformar los recuerdos. Cuando evocamos un episodio, este entra en un estado transitorio de inestabilidad, una etapa delicada en la que puede modificarse, enriquecerse o incluso distorsionarse antes de consolidarse de nuevo. A este fenómeno lo conocemos como reconsolidación , y explica por qué un diálogo del pasado puede terminar adornado con gestos inexistentes o por qué una situación antaño vergonzosa hoy se recuerda con cierta ternura o humor. El artículo describe cómo este proceso no opera con la misma fuerza sobre todos los recuerdos. Los recuerdos más recientes y frágiles se vuelven vulnerables con apenas unos minutos de evocación, mientras que los más antiguos o sólidos necesitan un periodo más largo para entrar en ese estado maleable. Sin embargo, ninguno es completamente inmune al cambio: tanto los recuerdos nuevos como los remotos pueden fortalecerse, debilitarse o transformarse. En el plano neurobiológico, la evocación implica reactivar las redes neuronales que alojan el recuerdo. Durante un breve instante, las sinapsis se flexibilizan, permitiendo que la información pueda reorganizarse antes de estabilizarse otra vez. Es como si el cerebro abriera provisionalmente la puerta de un cuarto cerrado, dejara entrar aire fresco —o polvo— y luego volviera a cerrarla, modificando inevitablemente el interior. Desde esta perspectiva, la memoria resulta ser un mecanismo adaptativo más que un registro fiel. La actualización constante permite al cerebro integrar información nueva, reinterpretar el pasado y ajustar la experiencia a las necesidades presentes. Así, cada recuerdo es una versión “actualizada” de sí mismo, más cercana a un relato que a una fotografía. El artículo concluye que esta fragilidad no es un defecto, sino un rasgo esencial de nuestra especie. Recordamos cambiando, y cambiamos mientras recordamos. En esa danza se construye nuestra identidad, hecha no de certezas estáticas, sino de memorias vivas en perpetua transformación.
Por Alfredo Calcedo 6 de marzo de 2026
Artículo de opinión que propone una reinterpretación crítica del concepto del trastorno límite de la personalidad (TLP), especialmente en su expresión femenina. Comienza contrastando el imaginario habitual del “depredador antisocial”—un individuo manipulador, impulsivo, explotador y agresivo, típicamente pensado como hombre—con un conjunto de comportamientos análogos cuando aparecen en mujeres. Al adaptar los mismos criterios diagnósticos a manifestaciones más comunes en mujeres (impulsividad como promiscuidad de alto riesgo, “violencia” como destrucción reputacional, «engaño» para incluir la actuación de la mujer seductora, y «desprecio temerario por la seguridad» como la amenaza de autolesionarse), entonces esta imagen se corresponde perfectamente con la de una mujer con trastorno límite de la personalidad. La tesis central sostiene que el modelo clínico dominante presenta a la mujer con TLP como una “víctima-paciente”, definida por su fragilidad afectiva, sus heridas de apego y su sufrimiento subjetivo. Sin embargo, esta perspectiva, aun siendo parcialmente válida, oscurece la dimensión estratégica, instrumental y potencialmente depredadora del comportamiento borderline. El texto plantea que algunos estallidos emocionales no serían meros síntomas desregulatorios, sino técnicas de control interpersonal: tácticas destinadas a dirigir, desestabilizar o dominar el entorno social, aprovechando la disposición cultural a proteger la vulnerabilidad femenina. Para ilustrarlo, se analiza un caso grabado en una cámara policial, donde las reacciones de la mujer —desde la exigencia parasitaria hasta la regresión infantil— aparecen encadenadas como escaladas tácticas cuando fallan estrategias previas de manipulación, seducción o intimidación. Bajo esta lectura, la emocionalidad extrema se convierte en un “arma afectiva”: una forma de supremacía emocional capaz de establecer las reglas de la interacción y paralizar la agencia ajena. El texto afirma que, en una sociedad que privilegia el relato traumático y la sensibilidad subjetiva, este tipo de expresiones obtendría ventajas adaptativas comparables a la agresión física masculina. Asimismo, se plantea que otros rasgos típicos del TLP —como la inestabilidad identitaria o las autolesiones visibles— funcionarían como señales sociales: herramientas de adquisición de recursos, disuasión o camuflaje. La oscilación entre idealización y ataque generaría un un estado de confusión (“niebla de guerra”) relacional que mantiene al otro atrapado entre esperanza y miedo. El resultado sería un patrón parasitario en el que el entorno se convierte en objeto de regulación emocional. El texto concluye cuestionando la distinción clínica entre TLP y trastorno antisocial. Frente al depredador masculino, cuya peligrosidad se acepta sin matices, la figura femenina permanece medicalizada, lo que impediría ver su potencial destructivo en el ámbito emocional, reputacional y relacional. La diferencia radica únicamente en el terreno del daño: donde el hombre antisocial amenaza la seguridad física, la mujer antisocial en sus relaciones amenaza la reputación, la situación legal, los vínculos parentales y la estabilidad psicológica.
Por Alfredo Calcedo 5 de marzo de 2026
Los pensamientos suicidas entre los médicos son comunes y aumentaron durante la pandemia de COVID-19; sin embargo, muchos dudan en buscar apoyo de salud mental. Este análisis cualitativo examina las experiencias de médicos y médicos en formación que han tenido pensamientos suicidas y han intentado buscar ayuda. Mediante una búsqueda sistemática se realiza un análisis cualitativo de las narrativas publicadas de médicos y residentes que describen sus experiencias de búsqueda de ayuda para la conducta suicida Resultados: En 52 narrativas, los autores describieron comúnmente presiones previas, formas de afrontamiento, intenso malestar emocional y autopercepciones alteradas. Los relatos muestran cómo la cultura médica —centrada en el rendimiento, la resiliencia inquebrantable y la autosuficiencia— actúa como un marco que normaliza el sufrimiento silencioso y desalienta la expresión de vulnerabilidad. Las barreras para buscar ayuda se basaban en presiones que contribuían a la conducta suicida: el miedo a ser percibidos como incompetentes, la estigmatización persistente de la enfermedad mental, la preocupación por posibles repercusiones en la licencia profesional, la renuencia a cargar a colegas o familiares y la dificultad para acceder a servicios confidenciales y oportunos. Estas barreras consolidan un aislamiento emocional que refuerza la tendencia a afrontar en soledad la crisis suicida. Sin embargo, las narrativas también informan de elementos facilitadores que permiten a algunos profesionales dar el paso hacia la ayuda. Entre ellos destacan la disponibilidad de atención verdaderamente confidencial, una mayor alfabetización en salud mental y, especialmente, el impacto transformador del modelaje de conducta: cuando colegas o mentores reconocen abiertamente su propia necesidad de apoyo, disminuyen el estigma y legitiman la búsqueda de cuidado. Interpretación: La intensa presión por alcanzar el éxito en la medicina disuade a los médicos de reconocer su angustia y buscar ayuda, pero ser un modelo a seguir en la búsqueda de ayuda puede atenuar el estigma. Comprender estos factores interrelacionados puede orientar los cambios necesarios para desarrollar estrategias específicas de prevención del suicidio dirigidas a los médicos y promover su bienestar.
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