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Estudio observacional con datos de Reino Unido e Irlanda que analiza qué ocurre cuando se vuelve a tratar con clozapina a pacientes que antes tuvieron un episodio de neutropenia. Los resultados muestran que, aunque la clozapina suele suspenderse por seguridad ante la neutropenia, una parte relevante de los pacientes puede volver a recibirla sin presentar problemas graves. Solo una minoría tuvo un nuevo episodio de neutropenia en los primeros seis meses tras reiniciar el tratamiento. El riesgo de que la reexposición fracasara fue algo mayor en hombres, en personas de más edad y en quienes tenían cifras basales más altas de neutrófilos. En resumen, la reintroducción de clozapina puede tener éxito en un grupo selecto de pacientes después de la interrupción obligatoria de la clozapina por sospecha de neutropenia inducida por clozapina. [ thelancet.com ]

El artículo describe cómo el cannabis de alta potencia ha pasado de ser una sustancia marginal a convertirse en una práctica común, impulsada por la legalización, el mercado y productos con concentraciones de THC mucho mayores que en décadas pasadas. Pero mientras su uso se normaliza, también crecen las preocupaciones en psiquiatría. ( Psychiatric Times ) Lo que sí se sabe es que el consumo de cannabis se asocia a un mayor riesgo de psicosis, sobre todo en personas vulnerables y en quienes empiezan a usarlo en la adolescencia. En ansiedad y depresión los efectos son variables, y el riesgo de dependencia es real, especialmente con productos potentes. Sobre los efectos a largo plazo, no lo sabemos aún. La psiquiatría debe actuar en cuatro frentes: impulsar investigación sobre cannabis de alta potencia, participar de forma más activa en educación pública y políticas basadas en evidencia, capacitar clínicos para evaluar detalladamente su consumo y aplicar reducción de daños. Más que promover abstinencia, los pacientes lo que necesitan es información precisa sobre el riesgo, y eso comienza con psiquiatras que estén suficientemente capacitados para proporcionarla.

El artículo plantea que lo que suele llamarse “suicidalidad” no debe entenderse solo como deseo de morir, sino como una forma extrema de expresar sufrimiento. ( Critical Psychiatry Network ) A través de una mirada crítica, propone que muchas ideas suicidas, gestos o intentos son, en realidad, maneras de comunicar dolor, desesperanza, conflicto o necesidad de ser escuchado. El texto también reflexiona sobre el peso de las palabras. Términos como “cometer suicidio” o “ser suicida” simplifican demasiado realidades complejas y cargan de culpa y confusión a quien sufre. Decir “soy suicida”, sostiene el autor, comunica poco por sí mismo, del mismo modo que decir “tengo hambre” no explica qué se necesita por ejemplo si vas a un restaurante. En vez de ver a la persona como alguien dominado por una patología, invita a entender que está tratando de decir algo cuando no encuentra otras palabras. Desde esta visión, la conducta suicida aparece como un mensaje dirigido a otros, aunque sea ambiguo, silencioso o desesperado. Puede hablar de relaciones rotas, de sentirse una carga, de pedir ayuda o de no encontrar salida. Finalmente, se plantea que la “suicidalidad” moderna ha surgido como una estrategia de comunicación en los sistemas de salud mental: al declararla, la persona obliga a otros a actuar. Esto crea tensiones, malentendidos y respuestas coercitivas, dificultando conversaciones honestas sobre el sentido de la vida, el sufrimiento y la autonomía personal.

El artículo cuenta cómo varios psiquiatras transgénero deciden hablar con franqueza sobre sus vidas y su trabajo , siguiendo el ejemplo histórico de “Dr. Anonymous”, el psiquiatra que en los años setenta tuvo que ocultar su identidad para poder ser escuchado. Al igual que entonces, hoy muchos profesionales aún sienten miedo a las consecuencias de mostrarse tal como son. A través de testimonios personales, los autores describen experiencias de silencio, visibilidad y valentía dentro de la psiquiatría. Relatan cómo ser trans influye tanto en su vida profesional como en la relación con los pacientes, y cómo compartir esas vivencias ayuda a otros colegas a comprender mejor realidades que a menudo permanecen invisibles. El texto subraya que, aunque ha habido avances, persisten prejuicios y riesgos. Por eso, dar la palabra a estas voces se presenta como un acto de responsabilidad y de continuidad con una lucha histórica por la dignidad y el reconocimiento en la profesión psiquiátrica.

El artículo reflexiona sobre un tipo de paciente muy común en la práctica clínica, pero poco analizado: aquel que necesita psicoterapia durante largos periodos, a veces durante toda la vida. A partir de la experiencia clínica de sus autores, el texto explica que no todos los pacientes encajan en los modelos breves de tratamiento centrados solo en reducir síntomas. Para algunas personas, la psicoterapia continua cumple una función de sostén, adaptación y crecimiento, más que de “curación” rápida. ( Psychiatry Online ). Muchos continúan porque encuentran en ese espacio una forma de afrontar pérdidas, cambios, soledad, envejecimiento, conflictos familiares o el desgaste cotidiano de vivir. Para ellos, la terapia funciona como una estructura estable para su bienestar, casi como un lugar donde pensar en voz alta. También se destaca que esto genera debate entre profesionales. Algunos terapeutas ven el tratamiento prolongado como algo válido cuando sigue aportando crecimiento, regulación emocional y mejor funcionamiento. Otros temen que, en ciertos casos, pueda reforzar una relación excesivamente dependiente o desplazar metas más orientadas a la autonomía. A través de testimonios y análisis clínicos, el artículo sugiere que la cuestión central no es cuánto dura una terapia, sino para qué sigue existiendo. Si el proceso mantiene sentido, ayuda al paciente a vivir mejor y responde a necesidades reales, su continuidad puede estar justificada. En el fondo, el reportaje plantea que para algunas personas la salud mental no se sostiene con soluciones puntuales, sino con acompañamientos duraderos.

El artículo plantea cómo los programas de telerrealidad o “reality show” han cambiado la forma en que la psiquiatría aparece ante el público, con efectos ambivalentes. Puede acercar la salud mental a millones de personas, pero también deformarla. En algunos casos se ha convertido en parte del espectáculo, lo que puede reforzar estereotipos o trivializar problemas complejos. Programas donde aparecen terapeutas, diagnósticos o sesiones de tratamiento han ayudado a normalizar que pedir ayuda no es algo vergonzoso. Al ver conflictos emocionales, traumas o terapia en pantalla, algunos espectadores pueden sentirse menos solos y más dispuestos a buscar apoyo. Pero esa misma exposición tiene riesgos. La televisión convierte el sufrimiento en espectáculo, simplifica problemas complejos y a veces muestra tratamientos como soluciones rápidas o modas, creando expectativas irreales. También puede difundir información dudosa, reforzar estigmas, afectar la imagen corporal, influir conductas e incluso descuidar la salud mental de quienes participan en estos programas. El texto no concluye que la telerrealidad sea aliada o enemiga, sino ambas cosas. Propone que los psiquiatras hablen con sus pacientes sobre estos contenidos y usen esas conversaciones para corregir ideas falsas y promover una comprensión más realista del tratamiento. ( Psychiatric Times ) .

El artículo cuenta la historia de un peón de limpieza que, tras sufrir un accidente laboral en 2018, estuvo de baja médica durante el tiempo máximo permitido. Cuando esa baja se agotó en junio de 2020, la empresa lo dio de baja en la Seguridad Social. Poco después, el INSS le reconoció una incapacidad permanente total, lo que hizo que el trabajador entendiera que su relación laboral había quedado en suspenso. Durante los dos años siguientes intentó volver a la empresa en un puesto adaptado, pero no lo consiguió. En 2022, la Seguridad Social revisó su situación médica, consideró que había mejorado y le retiró la pensión. Fue entonces cuando el trabajador pidió reincorporarse y, al no lograrlo, reclamó por despido. Los tribunales rechazaron su demanda porque había pasado demasiado tiempo. El Tribunal Supremo confirmó que el plazo para reclamar un despido es de 20 días hábiles desde la baja en la Seguridad Social, no desde la retirada posterior de la incapacidad, y que reclamar 30 meses después ya no es válido. ( noticiastrabajo.huffingtonpost.es )

El artículo presenta la vida de Juan, un personaje ficticio que sirve para explicar cómo evoluciona a lo largo de la vida una persona con esquizofrenia. La vida de Juan nos permite entender la esquizofrenia no solo como crisis aisladas, sino como un desafío constante en el aprendizaje y la autonomía. Desde niño, Juan mostró dificultades para memorizar y conductas peculiares. En su juventud, el consumo de cannabis y el aislamiento social precedieron a su primer brote psicótico, marcando un antes y un después en su capacidad mental. Juan experimenta síntomas como escuchar voces o sentir que otros quieren hacerle daño, lo que le genera miedo y confusión. Estas experiencias afectan su manera de relacionarse y su capacidad para llevar una vida cotidiana. Con el tiempo, Juan no solo recibe tratamiento, sino que también aprende a comprender lo que le ocurre. Poco a poco desarrolla estrategias para convivir con los síntomas, apoyándose en profesionales y en su entorno. El artículo destaca que la recuperación no significa desaparecer la enfermedad, sino avanzar hacia una vida con sentido, autonomía y metas propias. A lo largo de su madurez, Juan enfrenta un deterioro cognitivo que le dificulta hacer las tareas cotidianas y tener un empleo estable. Sin embargo, gracias a programas de rehabilitación y el apoyo de un piso tutelado, logra mantener cierta calidad de vida. Su historia termina a los 70 años debido a problemas cardiovasculares, reflejando la menor esperanza de vida de las personas con esquizofrenia. En definitiva, el relato de Juan subraya que, más allá de los delirios, el tratamiento debe priorizar las funciones emocionales y cognitivas para favorecer una vida digna y autónoma.

En este artículo de opinión , el autor reflexiona con tono personal sobre su creciente desilusión con la psicoterapia, comparándola con otras decepciones intelectuales de su vida. Aun así, reconoce que sigue sintiendo apego por su trabajo y por sus pacientes. La idea central es paradójica: muchas explicaciones que ofrece la terapia parecen poco rigurosas o incluso incorrectas, más cercanas a historias atractivas que a teorías científicas. Sin embargo, esto no impide que la terapia funcione. El autor ilustra cómo los terapeutas construyen relatos profundos y emotivos sobre la vida de sus pacientes, que pueden resultar convincentes aunque no sean necesariamente verdaderos. Estos relatos ayudan a las personas a comprenderse mejor o a encontrar sentido, lo cual puede generar alivio y cambio. En el fondo, el texto sugiere que el éxito de la terapia no depende tanto de la exactitud de sus teorías, sino de su capacidad para ofrecer narrativas útiles y humanas. Así, aunque sus fundamentos sean cuestionables, “funciona de todos modos”.

La agitación y la agresividad son dos de los síntomas más difíciles de manejar en personas con demencia. No solo alteran la vida del paciente, sino también la de quienes lo cuidan. Frente a tratamientos que muchas veces no funcionan o causan efectos secundarios importantes, algunos médicos han vuelto la mirada hacia una opción poco común: la terapia electroconvulsiva (TEC). Una revisión sistemática analiza 13 investigaciones con más de 200 pacientes, los resultados muestran que cerca del 80% experimentó una mejora clara en su comportamiento. Lo más sorprendente es la rapidez. En muchos casos, la mejoría aparece tras pocas sesiones, incluso después de las primeras semanas. Esto puede marcar una gran diferencia en situaciones donde la agresividad pone en riesgo al paciente o a su entorno. Además, el tratamiento suele ser bien tolerado. Aunque pueden aparecer efectos como confusión temporal o leves molestias, no se han observado daños cognitivos persistentes en la mayoría de los casos. Aun así, la ECT no es una solución para todos. Los estudios son pequeños y aún faltan investigaciones más sólidas. Por eso, se considera un recurso de último recurso, reservado para casos graves. En definitiva, la ECT emerge como una herramienta prometedora: no reemplaza otros tratamientos, pero ofrece esperanza cuando todo lo demás ha fallado.

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