Cómo el sistema de salud estadounidense recompensa el sobrediagnóstico psiquiátrico

14 de abril de 2026

El artículo sostiene que el fuerte aumento de los diagnósticos psiquiátricos en Estados Unidos no puede explicarse únicamente por mejores cribados, mayor concienciación o factores genéticos y ambientales. Más bien, describe un sistema sanitario que crea incentivos económicos para diagnosticar más. Hoy, los trastornos mentales aparecen como una experiencia casi universal: afectan a una parte sustancial de adultos, adolescentes y niños, con incrementos especialmente llamativos en categorías como el autismo, el TDAH, la ansiedad y la depresión.

Los autores subrayan que, a diferencia de otras áreas de la medicina, la psiquiatría se apoya en criterios inherentemente subjetivos. No existen biomarcadores claros, y los diagnósticos dependen de juicios clínicos basados en definiciones del DSM que, con el tiempo, han ampliado sus fronteras. Revisiones recientes han flexibilizado los umbrales diagnósticos, lo que permite incluir comportamientos comunes dentro de categorías clínicas amplias. Instrumentos de cribado poco específicos y encuestas parentales refuerzan esta expansión, confundiendo rasgos normales —como la timidez o la introversión— con patología.

Este ensanchamiento diagnóstico adquiere relevancia porque, en el sistema estadounidense, el diagnóstico funciona como una llave que abre el acceso a servicios financiados con fondos públicos. La legislación sobre paridad en salud mental, junto con Medicaid y la Ley de Atención Médica Asequible (ACA o "Obamacare"), promulgada en 2010, que amplía el acceso al seguro médico en EE. UU., ha eliminado muchas barreras al uso de servicios, pero también ha debilitado los mecanismos de control del gasto. En modelos de pago por acto, los proveedores pueden multiplicar servicios sin que se cuestione suficientemente su necesidad.

La estructura de cofinanciación federal reduce además el coste que asumen los estados, fomentando decisiones de gasto menos disciplinadas. Durante la pandemia, la expansión de la telepsiquiatría y las exenciones de emergencia amplificaron aún más estas dinámicas, incrementando el volumen de diagnósticos, visitas y facturación.

El texto concluye que la sobrediagnosticación no es un fallo accidental, sino una consecuencia previsible de incentivos mal alineados. Reformar el sistema exige cambiar esos incentivos, vincular el gasto a resultados reales y asegurar que los recursos se concentren en quienes presentan necesidades clínicas genuinas, evitando que el diagnóstico se convierta en un medio para sostener un crecimiento indefinido del gasto.

Por Alfredo Calcedo 13 de julio de 2026
Los modelos de neurodesarrollo consideran la impulsividad como un factor de riesgo clave para el consumo de sustancias en la adolescencia. Sin embargo, medir esa impulsividad no es sencillo, porque no existe una única forma de evaluarla. Algunos instrumentos se basan en cuestionarios sobre rasgos de personalidad y conducta; otros utilizan tareas cognitivas o conductuales que intentan medir control inhibitorio, toma de decisiones o preferencia por recompensas inmediatas. Para aclarar qué medidas predicen mejor el inicio del consumo, los autores analizaron datos de un gran estudio longitudinal ABCD, con 11.868 adolescentes de 9 a 11 años seguidos durante varios años. Se valoraron distintas dimensiones de impulsividad mediante cuestionarios y pruebas conductuales, y se examinó si estas variables anticipaban el consumo de alcohol, nicotina, cannabis u otras sustancias antes de los 15 años. Los resultados muestran que las relaciones entre las medidas de cuestionario y las tareas conductuales fueron pequeñas. Además, los cuestionarios predijeron mejor el inicio del consumo que las pruebas conductuales, especialmente la escala de conductas externalizantes (CBCL). Aun así, la capacidad predictiva global fue modesta. La impulsividad contribuye al riesgo, pero por sí sola no basta para identificar clínicamente qué adolescentes iniciarán consumo. Para obtener resultados reproducibles se necesitan muestras muy amplias. ( cambridge.org )
Por Alfredo Calcedo 13 de julio de 2026
La depresión es frecuente en enfermedades como el deterioro cognitivo leve, la enfermedad de Alzheimer, el Parkinson o el ictus, y los tratamientos antidepresivos habituales no siempre consiguen una respuesta suficiente, especialmente cuando la sintomatología depresiva aparece asociada a otros cuadros neurológicos. Un desarrollo muy novedoso en la estimulación cerebral no invasiva es la neuromodulación con ultrasonido focalizado (FUS). Una modalidad de esta técnica es la estimulación transcraneal por pulsos (TPS) El objetivo de este estudio retrospectivo fue evaluar la eficacia de la TPS en el tratamiento de los síntomas depresivos comórbidos en diferentes niveles de gravedad basal en pacientes neuropsiquiátricos. El trabajo analiza retrospectivamente a 88 pacientes tratados con TPS en Viena, todos ellos con diagnósticos neuropsiquiátricos diversos y tratamientos convencionales estables. La evolución de los síntomas depresivos se midió mediante el Inventario de Depresión de Beck. Tras el tratamiento, se observó una mejoría significativa, más marcada en quienes partían de una depresión más intensa. En los pacientes con síntomas depresivos de mínimos a graves, la reducción media fue de 5,22 puntos, mientras que en los casos de depresión leve a grave alcanzó los 10,40 puntos. Los resultados sugieren que la TPS podría actuar como intervención añadida eficaz, independientemente del diagnóstico principal, del uso de antidepresivos, de la mejoría de la enfermedad de base o del estado cognitivo inicial. No obstante, al tratarse de un estudio retrospectivo, abierto y sin grupo control, los autores subrayan la necesidad de ensayos clínicos controlados que confirmen estos hallazgos. ( cambridge.org )
Por Alfredo Calcedo 13 de julio de 2026
El estudio analiza si la reserva cognitiva puede proteger frente al efecto negativo de la contaminación atmosférica sobre la función cognitiva en adultos sin demencia. Partiendo de la evidencia que relaciona la exposición a contaminantes con el deterioro cognitivo, los autores se preguntan si factores como la educación, la actividad mental, la ocupación o la participación social pueden actuar como una forma de resistencia funcional del cerebro. Para ello, estudiaron a 650 participantes y estimaron, según su domicilio, la exposición media durante cinco años a una mezcla de contaminantes formada por PM10, PM2.5 y dióxido de nitrógeno. La función cognitiva se valoró mediante la escala MoCA y también se examinó la presencia de deterioro cognitivo leve sospechado. Los resultados mostraron que una mayor exposición a la contaminación se asociaba con peor rendimiento cognitivo. Sin embargo, este efecto no fue igual en todos los sujetos: era más intenso en quienes tenían baja reserva cognitiva y se atenuaba en aquellos con mayor reserva. En cambio, la llamada reserva cerebral, basada en medidas estructurales, no modificó significativamente esta relación. El trabajo concluye que las experiencias acumuladas a lo largo de la vida pueden amortiguar parcialmente el impacto neurotóxico de la contaminación ambiental. ( Psychological Medicine )