El vínculo entre la procrastinación, la desregulación emocional y el control atencional.

9 de enero de 2026

La procrastinación se define como el aplazamiento voluntario e irracional de tareas, aun cuando el individuo es consciente de las consecuencias negativas que ello implica. Este fenómeno, especialmente prevalente en contextos educativos, se asocia con menor rendimiento académico, incremento de emociones negativas y patrones estables a lo largo del tiempo, lo que sugiere la existencia de mecanismos psicológicos subyacentes. Entre los factores más estudiados destacan el control atencional y la regulación emocional, procesos interrelacionados que parecen desempeñar un papel crucial en la tendencia a posponer tareas.

Desde la perspectiva de la teoría de la motivación temporal, la procrastinación se ve favorecida por impulsividad y distracción, indicadores de un bajo control atencional. La incapacidad para mantener el foco en objetivos facilita el desplazamiento hacia actividades más gratificantes, como el ocio, en detrimento de las metas iniciales. Evidencias empíricas confirman que los procrastinadores presentan dificultades para sostener la atención, mayor variabilidad en tiempos de reacción y una vigilancia reducida, lo que refleja problemas en la atención sostenida. A nivel neurobiológico, se ha observado una menor activación de la corteza prefrontal dorsolateral, región clave para el control cognitivo, junto con una mayor actividad en la red de modo por defecto, asociada a divagación mental. Esta combinación compromete la capacidad para inhibir pensamientos irrelevantes y mantener la concentración.

Por otro lado, la procrastinación también se interpreta como una estrategia desadaptativa para regular emociones negativas derivadas de tareas aversivas (por ejemplo, tareas difíciles o aburridas). Posponer permite obtener un alivio emocional inmediato, reforzando el hábito y favoreciendo su cronificación. Estudios han demostrado que la desregulación emocional predice la procrastinación y que intervenciones orientadas a mejorar esta habilidad reducen su frecuencia, lo que evidencia un vínculo causal. Además, la regulación emocional y el control atencional comparten bases neuronales y se influyen mutuamente: déficits atencionales incrementan la reactividad emocional y dificultan la recuperación ante experiencias negativas, mientras que el entrenamiento atencional mejora la regulación afectiva.

El presente estudio se propone profundizar en estas relaciones, evaluando cómo la disminución de la vigilancia (atención mantenida) y la tendencia a la divagación mental se asocian con la procrastinación, y explorando el papel mediador de la regulación emocional.

Los resultados del estudio demuestran inicialmente que una menor capacidad para sostener el foco atencional se correlaciona de manera directa con niveles elevados de procrastinación rasgo. Sin embargo, el hallazgo más revelador del artículo surge al integrar variables psicológicas adicionales: la desregulación emocional y el "vagar de la mente" (mind-wandering) de carácter espontáneo. Los resultados indican que el vínculo directo entre el bajo control atencional y la procrastinación se debilita, e incluso desaparece, cuando se incluyen estas variables mediadoras en el modelo estadístico. Esto sugiere que la atención deficiente no conduce a la postergación por sí sola, sino a través de su incapacidad para contener estados emocionales negativos y de reducir la divagación mental. Parece que la mente tiene una tendencia natural a divagar hacia pensamientos no relacionados con la tarea, especialmente cuando la tarea realizada es monótona y aburrida.

Estos hallazgos subrayan la importancia de intervenciones orientadas a mejorar la regulación emocional y reducir la divagación mental, como el entrenamiento en mindfulness, para mitigar la procrastinación en contextos educativos.


Por Alfredo Calcedo 10 de abril de 2026
Estimados compañeros/as, os recordamos de nuevo el próximo Congreso Nacional de la SEPL que se celebrará en Vitoria, los días 14-16 de mayo de 2026.  Se ha ampliado el plazo para a enviar posters al congreso hasta el próximo dia 15 de abril. En esta dirección podéis encontrar la normativa para el envío de Posters: https://psiquiatrialegal2026.com/envio-de-poster/ El enlace de contacto con la Web del congreso Vitoria 2026 es: https://psiquiatrialegal2026.com/ ¡Todavía estás a tiempo para enviar posters al congreso antes que finalice el plazo de envío¡ El Congreso está ya “a la vuelta de la esquina”, no os olvidéis en apuntaros al congreso ¡Nos vemos en Vitoria!
Por Alfredo Calcedo 10 de abril de 2026
Las mujeres embarazadas con esquizofrenia persistente y trastornos relacionados pueden requerir tratamiento antipsicótico continuo, incluida la clozapina. Sin embargo, los riesgos potenciales del uso de clozapina durante el embarazo y el período posnatal siguen siendo inciertos. Este estudio de casos y controles anidado evaluó los resultados del embarazo en mujeres australianas diagnosticadas de esquizofrenia y tratadas con clozapina (n = 14) durante el primer trimestre . Estas mujeres se compararon con dos subgrupos: las tratadas con quetiapina (n= 53) y las que no tomaron ningún medicamento (n= 24) durante el embarazo. Resultados: Abordando las limitaciones de estudios previos, este estudio representa un esfuerzo en este sentido y ofrece algunas perspectivas informativas, aunque tentativas, que son coherentes con estudios anteriores. En comparación con la ausencia de medicación y la quetiapina, la clozapina podría asociarse con un mayor riesgo de ciertos resultados adversos tanto para la madre como para el bebé, incluyendo abortos espontáneos, diabetes gestacional y bajo peso al nacer. Los resultados neonatales, incluyendo la edad gestacional al nacer, la puntuación de Apgar y el ingreso a la UCE/UCIN (Unidad de Cuidados Especiales Neonatales o Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales, respectivamente), no mostraron diferencias estadísticamente significativas entre los grupos.
Por Alfredo Calcedo 10 de abril de 2026
Artículo de opinión que analiza como los profesionales distinguen el duelo de la depresión; cuándo la tristeza deja de ser una respuesta natural ante la pérdida, para convertirse en un trastorno psiquiátrico El artículo recorre la evolución de las clasificaciones diagnósticas y muestra cómo el duelo ha pasado progresivamente de ser entendido como una experiencia universal a ser, en ciertos casos, objeto de medicalización. La evolución del DSM eliminó la exclusión por duelo en 2013, introdujo el trastorno de duelo prolongado en el DSM-5-TR con umbral de adulto de > 12 meses, y contrasta con la definición de ≥6 meses de la CIE-11. Esta delimitación no es neutral: implica decidir cuánto sufrimiento es aceptable antes de ser etiquetado como enfermedad. Se señala la dificultad de trazar una frontera clara entre duelo y depresión. Aunque comparten síntomas, el duelo conserva rasgos diferenciales: una tristeza intermitente ligada al recuerdo del fallecido, la preservación de la autoestima y la capacidad de experimentar emociones positivas. En contraste, la depresión se presenta como un estado generalizado de ánimo bajo, inutilidad y autodesprecio. Esta distinción, aunque clínicamente útil, revela la fragilidad de las categorías diagnósticas. La atención multimodal —psicoterapia, grupos de duelo, reimplicación social y uso sensato de los antidepresivos— puede restaurar el apetito, la actividad y la conexión relacional cuando el duelo se vuelve incapacitante o clínicamente indistinguible de la depresión. El artículo también introduce una dimensión cultural: no todo duelo intenso es patológico, y su expresión varía según contextos sociales, religiosos y personales. Las clasificaciones modernas intentan reconocer esta variabilidad, pero siguen operando bajo criterios estandarizados que pueden simplificar experiencias complejas. En última instancia, el texto advierte sobre el riesgo de patologizar el sufrimiento humano. Convertir el duelo en diagnóstico puede facilitar el acceso a tratamiento, pero también puede reducir la riqueza de una experiencia profundamente humana a un conjunto de síntomas. Así, la pregunta “¿cuán triste es demasiado triste?” queda abierta, no como un problema puramente médico, sino como un dilema ético y cultural sobre los límites de la psiquiatría.