Vacunación contra el herpes zóster y aparición de demencia

5 de enero de 2026

Estudio que investiga el efecto de la vacunación contra el herpes zóster en la probabilidad de recibir un diagnóstico de demencia.

Resultados: En este estudio cuasiexperimental que utilizó datos de registros médicos electrónicos de Australia, ser elegible para la vacunación contra el herpes zóster basándose únicamente en la fecha de nacimiento redujo significativamente la probabilidad de recibir un nuevo diagnóstico de demencia durante 7,4 años en 1,8 puntos porcentuales.

Conclusión: este estudio proporciona evidencia de un efecto beneficioso de la vacunación contra el herpes zóster para prevenir o retrasar la demencia que es más probable que sea causal que las asociaciones informadas en la evidencia existente.

Por Alfredo Calcedo 7 de enero de 2026
El papel del valproato en el tratamiento del trastorno bipolar es cuestionado , dado que la evidencia actual sugiere alternativas más eficaces tanto para el manejo de la manía aguda como para la fase de mantenimiento. A pesar de su uso extendido, especialmente en Estados Unidos, las guías clínicas más recientes, como la del Departamento de Asuntos de Veteranos y el Departamento de Defensa, lo relegan a una opción de tercera línea. Incluso la guía canadiense, que lo incluye entre las opciones de primera línea, lo sitúa detrás de fármacos como el litio y la quetiapina, reservando su empleo para casos en los que existan razones específicas para preferirlo. El valproato fue aprobado por la FDA en 1994 tras estudios iniciales que mostraron eficacia en la manía, lo que impulsó su comercialización masiva. Sin embargo, investigaciones posteriores revelaron una disminución significativa en su efecto frente a placebo, llegando incluso a mostrar ausencia de diferencias en los últimos ensayos controlados. Meta-análisis recientes confirman su menor tamaño de efecto (0,16) en comparación con litio, carbamazepina y varios antipsicóticos, cuyos valores oscilan entre 0,37 y 0,56. En cuanto al tratamiento de mantenimiento, los primeros estudios no demostraron eficacia, lo que impidió su aprobación por la FDA para este uso. No obstante, una revisión de 2021 que integró 13 estudios con más de 9.000 participantes sugiere cierta efectividad en la prevención tanto de episodios maníacos como depresivos, aunque persisten dudas y su uso sigue siendo fuera de indicación oficial. Existen también datos preliminares sobre su posible utilidad en la depresión bipolar aguda, pero se requieren estudios más amplios. El valproato podría ofrecer ventajas en cuadros de manía mixta, donde algunos indicios lo posicionan por encima del litio. Sin embargo, su perfil de seguridad plantea serias preocupaciones: mayor riesgo de aumento de peso frente a otros estabilizadores, duplicación del riesgo de conductas suicidas respecto a controles, hepatotoxicidad, pancreatitis, trombocitopenia y síndrome de ovario poliquístico. Destaca, además, su elevada teratogenicidad, que lo convierte en una opción inaceptable para mujeres en edad fértil. En conclusión, el valproato parece seguir usándose en exceso en EE. UU. Los médicos deben considerar el litio, los antipsicóticos de segunda generación —especialmente la quetiapina— e incluso la carbamazepina (aunque tampoco en mujeres con riesgo de embarazo) al seleccionar la medicación inicial para pacientes con manía bipolar clásica (no mixta) o hipomanía grave. Su prescripción debería acompañarse de información clara al paciente sobre eficacia, riesgos y estatus regulatorio, reservándolo para situaciones
Por Alfredo Calcedo 7 de enero de 2026
La depresión constituye la principal causa de carga global en salud mental, afectando a aproximadamente 4 00 millones de personas y representando el 40% del total de días perdidos por mala salud mental. A pesar de la disponibilidad de tratamientos convencionales, cerca del 65% de los pacientes no logra la remisión tras la primera línea terapéutica, y un tercio permanece resistente incluso después de múltiples intervenciones, lo que subraya la necesidad urgente de estrategias innovadoras. La evidencia convergente proveniente de estudios genéticos, multi-ómicos y experimentales han identificado un subtipo clínico denominado “depresión inflamatoria”, presente en alrededor del 25% de los casos. Se caracteriza por una disfunción inmunológica y niveles elevados de biomarcadores inflamatorios, como la proteína C reactiva (PCR), los cuales se asocian tanto con la aparición como con la persistencia de síntomas depresivos. Este fenotipo se asocia con síntomas específicos como anhedonia y alteraciones neurovegetativas, y estudios experimentales confirman la relación causal entre inflamación y sintomatología depresiva Aunque metaanálisis previos han demostrado la seguridad y eficacia de tratamientos antiinflamatorios en pacientes con comorbilidades médicas, su impacto en individuos deprimidos sin dichas condiciones sigue siendo incierto, con resultados heterogéneos en ensayos clínicos aleatorizados. Dos factores explican esta variabilidad: la falta de selección de pacientes con fenotipo inflamatorio (PCR ≥2–3 mg/L) y la escasa evaluación de anhedonia, síntoma nuclear vinculado a la activación inmune. Estudios experimentales sugieren que la inflamación incrementa la anhedonia, especialmente la relacionada con el placer consumatorio, aunque persisten interrogantes sobre su efecto en la motivación. Este metaanálisis constituye la primera evaluación sistemática del efecto de tratamientos antiinflamatorios frente a placebo en pacientes con depresión inflamatoria sin comorbilidad médica. Los resultados indican que estos fármacos reducen tanto la anhedonia como la severidad depresiva cuando se aplican puntos de corte clínicos para la inflamación (PCR ≥2 mg/L), mientras que los efectos son menores con criterios ad hoc. No se observaron diferencias significativas en eventos adversos graves, y aunque las tasas de respuesta y remisión no fueron estadísticamente superiores, mostraron una tendencia favorable. El efecto sobre la anhedonia fue más consistente que sobre los síntomas globales, lo que sugiere una sensibilidad particular del circuito de recompensa a la señalización inmune periférica. Sin embargo, la mayoría de los ensayos no evaluó anhedonia en todas sus dimensiones, limitándose al placer consumatorio. Estos hallazgos subrayan la necesidad de diseños que incluyan fenotipos inflamatorios y medidas integrales de anhedonia, así como biomarcadores más específicos que superen las limitaciones del PCR. Además, se requiere optimizar la selección del agente antiinflamatorio, la dosis y la duración del tratamiento. En conjunto, los resultados respaldan un enfoque de medicina de precisión para la depresión inflamatoria, aunque persisten vacíos críticos que deben resolverse antes de su implementación clínica.
Por Alfredo Calcedo 7 de enero de 2026
La vergüenza emerge como una emoción profundamente social, moldeada por la mirada ajena y por estructuras culturales e institucionales. El texto comienza con ejemplos ilustrativos: un intercambio televisado entre líderes políticos que convierte la tensión diplomática en espectáculo global; la reprimenda pública a un médico novel en una sala de urgencias, que paraliza su iniciativa y erosiona su confianza; y la exclusión inesperada de una emprendedora, cuya solicitud de aclaración desencadena juicios culturales y la expone a un sentimiento devastador de desvalorización. Estos episodios revelan cómo la vergüenza, cuando se intensifica o se instrumentaliza, puede socavar el aprendizaje, la autoestima y la salud mental. En su núcleo, la vergüenza implica una evaluación negativa del yo, diferenciándose de la culpa, que se centra en la acción y favorece la reparación. Mientras la culpa favorece la reparación, la vergüenza conduce al retraimiento y a la sensación de ser intrínsecamente defectuoso. Este desplazamiento hacia la identidad fomenta el retraimiento y la inhibición, especialmente ante críticas públicas o morales. Aunque en dosis moderadas cumple funciones adaptativas —reforzar normas, promover cooperación y responsabilidad—, su forma crónica o utilizada como arma se convierte en un mecanismo de daño, asociado a humillación y estigmatización. Desde una perspectiva neurobiológica, la vergüenza activa redes cerebrales vinculadas al enfoque en el yo, la evaluación social y el razonamiento moral, incluyendo regiones prefrontales y la ínsula anterior. Este patrón refleja su complejidad y su énfasis en la amenaza social. Esta complejidad refleja su doble naturaleza: reguladora en entornos seguros, pero potencialmente devastadora cuando se intensifica. En el plano fisiológico, la vergüenza desencadena respuestas del sistema nervioso autónomo, elevando frecuencia cardíaca, presión arterial y cortisol, lo que prolonga el estrés y deteriora la regulación emocional, pudiendo contribuir a procesos inflamatorios y enfermedades crónicas. Psicológicamente, la vergüenza en su forma patológica se asocia con sentimientos de inutilidad, aislamiento y conductas desadaptativas, especialmente cuando deriva de experiencias tempranas adversas Culturalmente, la vergüenza varía: en sociedades colectivistas refuerza la conformidad, mientras que en contextos occidentales enfatiza la responsabilidad individual. Así, la vergüenza no solo regula conductas, sino que refleja y perpetúa valores sociales, pudiendo convertirse en una fuerza que erosiona identidad y pertenencia.