Por Alfredo Calcedo
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5 de enero de 2026
El artículo reivindica el valor terapéutico del miedo , una emoción habitualmente considerada negativa tanto en la cultura popular como en ciertos ámbitos clínicos. El autor sostiene que los sentimientos no son buenos ni malos, sino datos que revelan la vida interior del individuo. Por ello, acceder a ellos favorece la autenticidad, tanto en artistas como en terapeutas. En el contexto creativo, el miedo actúa como catalizador: señala lo que realmente importa y alimenta la profundidad y relevancia de la obra artística. De igual modo, en la práctica clínica, integrar el miedo permite al profesional desarrollar una comprensión más genuina del paciente. A través de experiencias personales, el autor ilustra cómo el miedo, lejos de ser un obstáculo, puede convertirse en aliado. Recuerda su inseguridad inicial como terapeuta y cómo la aceptación de la incertidumbre le permitió coexistir con sus temores, transformándolos en parte de su competencia profesional. Asimismo, relata una vivencia como escalador, donde el miedo se reveló esencial para la supervivencia y la concentración, funcionando como una corriente que guía cada decisión. Esta experiencia le enseñó que el miedo no debe eliminarse, sino reconocerse como maestro y compañero. El texto concluye que la función del terapeuta no es erradicar el miedo del paciente creativo, sino ayudarle a explorar los significados que le atribuye, integrándolo como “materia prima” de su proceso artístico. Incluso los temores imaginarios —como fracasar en una obra— son señales de compromiso y deseo de trascendencia. Así, el miedo, lejos de ser un enemigo, se convierte en un recurso vital para la creatividad y el crecimiento personal, recordándonos que, como afirmó Jung, “donde está tu miedo, allí está tu tarea”.