¿Debería el daño moral convertirse en un nuevo diagnóstico psiquiátrico?

8 de enero de 2026

La noción de daño moral ha adquirido una creciente relevancia en la psiquiatría contemporánea. Inicialmente descrita en veteranos de guerra, el daño moral designa el profundo sentimiento de culpa, vergüenza y desorientación que surge cuando una persona participa, presencia o no logra impedir actos que vulneran valores morales fundamentales. A diferencia del trastorno por estrés postraumático (TEPT), centrado en el miedo, o del burnout, asociado al agotamiento, el daño moral se caracteriza por una vivencia de traición, por otros, por instituciones o por uno mismo.

En los últimos años, se ha intensificado el debate sobre su posible reconocimiento como diagnóstico independiente. Publicaciones recientes y la inclusión del daño moral como código Z en el DSM-5-TR reflejan un avance hacia su formalización, subrayando que las injusticias sistémicas y entornos éticamente corrosivos contribuyen directamente a la morbilidad psíquica. La pandemia de COVID-19 y la guerra Israel-Hamás han visibilizado esta problemática: profesionales sanitarios y civiles enfrentan dilemas éticos extremos que exceden las categorías tradicionales de TEPT o depresión.

Estudios clínicos en veteranos israelíes revelan correlaciones significativas entre eventos moralmente lesivos, síntomas depresivos y riesgo suicida, sugiriendo la necesidad de intervenciones específicas como el perdón y la reparación moral. Sin embargo, persiste la controversia: ¿debe la psiquiatría medicalizar una respuesta que podría considerarse natural ante atrocidades? Reducir el daño moral a un listado de síntomas podría desviar la atención de los factores estructurales que la generan, como la violencia política o la inequidad en recursos.

Lejos de ser solo patología, el daño moral puede convertirse en motor de activismo. La transformación del dolor moral en acción política y defensa de derechos humanos muestra su potencial emancipador. En este contexto, la psiquiatría enfrenta una doble responsabilidad: aliviar el sufrimiento individual y denunciar las condiciones que lo producen. Más que decidir si el daño moral merece un código como diagnóstico, el reto es si la disciplina asumirá su voz moral frente a la injusticia.


Por Alfredo Calcedo 9 de enero de 2026
En el reciente congreso de la Sociedad Española del Dolor (SED), celebrado en Málaga, el sexólogo y psicólogo clínico Francisco Cabello Santamaría, apoyándose en datos científicos, presentó una propuesta innovadora: integrar la música y la sexualidad como herramientas complementarias en el tratamiento del dolor crónico. El dolor crónico, que afecta a más del 40 % de la población mundial y constituye una de las principales causas de discapacidad, requiere estrategias multidisciplinarias. Cabello subrayó que tanto la música como la actividad sexual activan circuitos cerebrales vinculados al sistema de recompensa, la liberación de neurotransmisores y la analgesia natural, sin efectos adversos significativos. La música, según estudios citados, mejora el estado de ánimo, reduce la ansiedad y actúa como distracción cognitiva frente al dolor. Incluso se ha comprobado que escuchar música antes, durante o después de procedimientos quirúrgicos disminuye la percepción del dolor postoperatorio. Un aspecto crucial es la elección personal del repertorio, pues potencia la activación dopaminérgica y, en oyentes entrenados, géneros complejos como el jazz pueden intensificar el efecto analgésico. Por su parte, la actividad sexual ofrece beneficios aún más potentes. El contacto con la persona amada y el orgasmo desencadenan la liberación de oxitocina, vasopresina, opioides endógenos y cannabinoides naturales, todos con propiedades analgésicas. Cabello citó estudios en animales que equiparan la reducción del dolor tras la cópula a dosis elevadas de morfina, lo que abre líneas de investigación prometedoras. Finalmente, el especialista instó a los profesionales sanitarios a recomendar una actitud sexual proactiva y el uso consciente de la música como parte de una estrategia integral. Lejos de sustituir la medicación, estas prácticas complementan el tratamiento, mejoran el estado de ánimo y contribuyen a la calidad de vida, configurando una visión terapéutica innovadora para la medicina del siglo XXI.
Por Alfredo Calcedo 9 de enero de 2026
El uso de herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT en sustitución del médico plantea riesgos significativos, especialmente en personas con ansiedad por la salud. Según Josep Antoni Ramos Quiroga, vicepresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, aunque la IA ofrece respuestas convincentes, carece de juicio clínico y de acceso a datos personales, lo que puede inducir a errores diagnósticos y decisiones terapéuticas inapropiadas, sobre todo en contextos donde el acceso a fármacos es más flexible. Incluso respuestas aparentemente tranquilizadoras pueden desencadenar un ciclo compulsivo de búsqueda de información, intensificando la ansiedad y la preocupación por enfermedades graves. A ello se suma la vulnerabilidad en términos de privacidad, dado el riesgo de uso fraudulento de datos sensibles. Este fenómeno se vincula con la cibercondría, una variante de la hipocondría caracterizada por la búsqueda excesiva de información médica. Aunque cualquier persona puede consultar la IA por curiosidad, el perfil más susceptible corresponde a individuos con rasgos ansiosos, alto neuroticismo y necesidad de inmediatez en la obtención de diagnósticos. Son, en su mayoría, jóvenes nativos digitales habituados a resolver dudas en entornos virtuales. El peligro central radica en sustituir la valoración clínica humana, insustituible por su capacidad de empatía, contextualización y examen físico. El diagnóstico de cibercondría se establece ante conductas compulsivas de búsqueda, angustia persistente y deterioro funcional en ámbitos laborales, familiares y sociales, acompañado de un patrón de salto entre síntomas. La detección precoz recae en médicos de Atención Primaria y pediatras, quienes deben identificar lenguaje médico inusual y listas de diagnósticos. La entrevista debe ser no enjuiciadora y coherente con las pruebas solicitadas, derivando al especialista en salud mental cuando sea necesario. El abordaje requiere un enfoque multidisciplinar, con la terapia cognitivo-conductual como pilar fundamental.
Por Alfredo Calcedo 9 de enero de 2026
La procrastinación se define como el aplazamiento voluntario e irracional de tareas, aun cuando el individuo es consciente de las consecuencias negativas que ello implica. Este fenómeno, especialmente prevalente en contextos educativos, se asocia con menor rendimiento académico, incremento de emociones negativas y patrones estables a lo largo del tiempo, lo que sugiere la existencia de mecanismos psicológicos subyacentes. Entre los factores más estudiados destacan el control atencional y la regulación emocional, procesos interrelacionados que parecen desempeñar un papel crucial en la tendencia a posponer tareas. Desde la perspectiva de la teoría de la motivación temporal, la procrastinación se ve favorecida por impulsividad y distracción, indicadores de un bajo control atencional. La incapacidad para mantener el foco en objetivos facilita el desplazamiento hacia actividades más gratificantes, como el ocio, en detrimento de las metas iniciales. Evidencias empíricas confirman que los procrastinadores presentan dificultades para sostener la atención, mayor variabilidad en tiempos de reacción y una vigilancia reducida, lo que refleja problemas en la atención sostenida. A nivel neurobiológico, se ha observado una menor activación de la corteza prefrontal dorsolateral, región clave para el control cognitivo, junto con una mayor actividad en la red de modo por defecto, asociada a divagación mental. Esta combinación compromete la capacidad para inhibir pensamientos irrelevantes y mantener la concentración. Por otro lado, la procrastinación también se interpreta como una estrategia desadaptativa para regular emociones negativas derivadas de tareas aversivas (por ejemplo, tareas difíciles o aburridas). Posponer permite obtener un alivio emocional inmediato, reforzando el hábito y favoreciendo su cronificación. Estudios han demostrado que la desregulación emocional predice la procrastinación y que intervenciones orientadas a mejorar esta habilidad reducen su frecuencia, lo que evidencia un vínculo causal. Además, la regulación emocional y el control atencional comparten bases neuronales y se influyen mutuamente: déficits atencionales incrementan la reactividad emocional y dificultan la recuperación ante experiencias negativas, mientras que el entrenamiento atencional mejora la regulación afectiva. El presente estudio se propone profundizar en estas relaciones, evaluando cómo la disminución de la vigilancia (atención mantenida) y la tendencia a la divagación mental se asocian con la procrastinación, y explorando el papel mediador de la regulación emocional. Los resultados del estudio demuestran inicialmente que una menor capacidad para sostener el foco atencional se correlaciona de manera directa con niveles elevados de procrastinación rasgo. Sin embargo, el hallazgo más revelador del artículo surge al integrar variables psicológicas adicionales: la desregulación emocional y el "vagar de la mente" (mind-wandering) de carácter espontáneo. Los resultados indican que el vínculo directo entre el bajo control atencional y la procrastinación se debilita, e incluso desaparece, cuando se incluyen estas variables mediadoras en el modelo estadístico. Esto sugiere que la atención deficiente no conduce a la postergación por sí sola, sino a través de su incapacidad para contener estados emocionales negativos y de reducir la divagación mental. Parece que la mente tiene una tendencia natural a divagar hacia pensamientos no relacionados con la tarea, especialmente cuando la tarea realizada es monótona y aburrida. Estos hallazgos subrayan la importancia de intervenciones orientadas a mejorar la regulación emocional y reducir la divagación mental, como el entrenamiento en mindfulness, para mitigar la procrastinación en contextos educativos.