Por Alfredo Calcedo
•
9 de enero de 2026
La procrastinación se define como el aplazamiento voluntario e irracional de tareas, aun cuando el individuo es consciente de las consecuencias negativas que ello implica. Este fenómeno, especialmente prevalente en contextos educativos, se asocia con menor rendimiento académico, incremento de emociones negativas y patrones estables a lo largo del tiempo, lo que sugiere la existencia de mecanismos psicológicos subyacentes. Entre los factores más estudiados destacan el control atencional y la regulación emocional, procesos interrelacionados que parecen desempeñar un papel crucial en la tendencia a posponer tareas. Desde la perspectiva de la teoría de la motivación temporal, la procrastinación se ve favorecida por impulsividad y distracción, indicadores de un bajo control atencional. La incapacidad para mantener el foco en objetivos facilita el desplazamiento hacia actividades más gratificantes, como el ocio, en detrimento de las metas iniciales. Evidencias empíricas confirman que los procrastinadores presentan dificultades para sostener la atención, mayor variabilidad en tiempos de reacción y una vigilancia reducida, lo que refleja problemas en la atención sostenida. A nivel neurobiológico, se ha observado una menor activación de la corteza prefrontal dorsolateral, región clave para el control cognitivo, junto con una mayor actividad en la red de modo por defecto, asociada a divagación mental. Esta combinación compromete la capacidad para inhibir pensamientos irrelevantes y mantener la concentración. Por otro lado, la procrastinación también se interpreta como una estrategia desadaptativa para regular emociones negativas derivadas de tareas aversivas (por ejemplo, tareas difíciles o aburridas). Posponer permite obtener un alivio emocional inmediato, reforzando el hábito y favoreciendo su cronificación. Estudios han demostrado que la desregulación emocional predice la procrastinación y que intervenciones orientadas a mejorar esta habilidad reducen su frecuencia, lo que evidencia un vínculo causal. Además, la regulación emocional y el control atencional comparten bases neuronales y se influyen mutuamente: déficits atencionales incrementan la reactividad emocional y dificultan la recuperación ante experiencias negativas, mientras que el entrenamiento atencional mejora la regulación afectiva. El presente estudio se propone profundizar en estas relaciones, evaluando cómo la disminución de la vigilancia (atención mantenida) y la tendencia a la divagación mental se asocian con la procrastinación, y explorando el papel mediador de la regulación emocional. Los resultados del estudio demuestran inicialmente que una menor capacidad para sostener el foco atencional se correlaciona de manera directa con niveles elevados de procrastinación rasgo. Sin embargo, el hallazgo más revelador del artículo surge al integrar variables psicológicas adicionales: la desregulación emocional y el "vagar de la mente" (mind-wandering) de carácter espontáneo. Los resultados indican que el vínculo directo entre el bajo control atencional y la procrastinación se debilita, e incluso desaparece, cuando se incluyen estas variables mediadoras en el modelo estadístico. Esto sugiere que la atención deficiente no conduce a la postergación por sí sola, sino a través de su incapacidad para contener estados emocionales negativos y de reducir la divagación mental. Parece que la mente tiene una tendencia natural a divagar hacia pensamientos no relacionados con la tarea, especialmente cuando la tarea realizada es monótona y aburrida. Estos hallazgos subrayan la importancia de intervenciones orientadas a mejorar la regulación emocional y reducir la divagación mental, como el entrenamiento en mindfulness, para mitigar la procrastinación en contextos educativos.