Trastorno límite de la personalidad, medicamentos y psicoterapia

8 de enero de 2026

La segunda edición de la Guía Práctica para el Tratamiento del Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), publicada por la APA, marca un nuevo capítulo en la comprensión del papel de la farmacoterapia en esta población. Aunque los pacientes con TLP continúan recibiendo medicamentos de múltiples categorías, la evidencia actual indica que estos fármacos no abordan los síntomas nucleares del trastorno y pueden implicar riesgos significativos. Al igual que en la versión de 2001, la psicoterapia se mantiene como el tratamiento principal, pero la nueva guía introduce un énfasis renovado en la precaución farmacológica, la prevención de la polifarmacia y la desprescripción colaborativa.

El abordaje tradicional que contrapone psicoterapia y medicación resulta insuficiente. La guía propone integrar ambos enfoques, reconociendo que el prescriptor debe actuar también como psicoterapeuta, aplicando principios derivados de terapias basadas en la evidencia. Esto responde a la complejidad clínica del TLP, caracterizada por impulsividad, inestabilidad afectiva y riesgo suicida intermitente, que no se resuelven mediante un modelo médico convencional.

A pesar de la ausencia de fármacos aprobados por la FDA para TLP, la prescripción sigue siendo frecuente, incluso cuando los tratamientos para comorbilidades muestran menor eficacia en pacientes con TLP. Por ello, se recomienda educar al paciente sobre las limitaciones de la medicación, revisar riesgos y beneficios, mantener comunicación interdisciplinaria y realizar conciliaciones periódicas, incluyendo estrategias de desprescripción.

La guía también destaca intervenciones complementarias como la Terapia Dialéctica Conductual, el Buen Manejo Psiquiátrico y la Psicoterapia Centrada en la Transferencia, además de la desprescripción colaborativa, que considera las dinámicas transferenciales propias del TLP. En suma, el documento aboga por un tratamiento realista y seguro, donde la integración de psicoterapia y farmacoterapia, bajo un marco teórico sólido, sustituya la práctica reactiva y la polifarmacia habitual, favoreciendo un abordaje más ético y eficaz.

Comentado en Psychiatry Online.


Por Alfredo Calcedo 9 de enero de 2026
En el reciente congreso de la Sociedad Española del Dolor (SED), celebrado en Málaga, el sexólogo y psicólogo clínico Francisco Cabello Santamaría, apoyándose en datos científicos, presentó una propuesta innovadora: integrar la música y la sexualidad como herramientas complementarias en el tratamiento del dolor crónico. El dolor crónico, que afecta a más del 40 % de la población mundial y constituye una de las principales causas de discapacidad, requiere estrategias multidisciplinarias. Cabello subrayó que tanto la música como la actividad sexual activan circuitos cerebrales vinculados al sistema de recompensa, la liberación de neurotransmisores y la analgesia natural, sin efectos adversos significativos. La música, según estudios citados, mejora el estado de ánimo, reduce la ansiedad y actúa como distracción cognitiva frente al dolor. Incluso se ha comprobado que escuchar música antes, durante o después de procedimientos quirúrgicos disminuye la percepción del dolor postoperatorio. Un aspecto crucial es la elección personal del repertorio, pues potencia la activación dopaminérgica y, en oyentes entrenados, géneros complejos como el jazz pueden intensificar el efecto analgésico. Por su parte, la actividad sexual ofrece beneficios aún más potentes. El contacto con la persona amada y el orgasmo desencadenan la liberación de oxitocina, vasopresina, opioides endógenos y cannabinoides naturales, todos con propiedades analgésicas. Cabello citó estudios en animales que equiparan la reducción del dolor tras la cópula a dosis elevadas de morfina, lo que abre líneas de investigación prometedoras. Finalmente, el especialista instó a los profesionales sanitarios a recomendar una actitud sexual proactiva y el uso consciente de la música como parte de una estrategia integral. Lejos de sustituir la medicación, estas prácticas complementan el tratamiento, mejoran el estado de ánimo y contribuyen a la calidad de vida, configurando una visión terapéutica innovadora para la medicina del siglo XXI.
Por Alfredo Calcedo 9 de enero de 2026
El uso de herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT en sustitución del médico plantea riesgos significativos, especialmente en personas con ansiedad por la salud. Según Josep Antoni Ramos Quiroga, vicepresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, aunque la IA ofrece respuestas convincentes, carece de juicio clínico y de acceso a datos personales, lo que puede inducir a errores diagnósticos y decisiones terapéuticas inapropiadas, sobre todo en contextos donde el acceso a fármacos es más flexible. Incluso respuestas aparentemente tranquilizadoras pueden desencadenar un ciclo compulsivo de búsqueda de información, intensificando la ansiedad y la preocupación por enfermedades graves. A ello se suma la vulnerabilidad en términos de privacidad, dado el riesgo de uso fraudulento de datos sensibles. Este fenómeno se vincula con la cibercondría, una variante de la hipocondría caracterizada por la búsqueda excesiva de información médica. Aunque cualquier persona puede consultar la IA por curiosidad, el perfil más susceptible corresponde a individuos con rasgos ansiosos, alto neuroticismo y necesidad de inmediatez en la obtención de diagnósticos. Son, en su mayoría, jóvenes nativos digitales habituados a resolver dudas en entornos virtuales. El peligro central radica en sustituir la valoración clínica humana, insustituible por su capacidad de empatía, contextualización y examen físico. El diagnóstico de cibercondría se establece ante conductas compulsivas de búsqueda, angustia persistente y deterioro funcional en ámbitos laborales, familiares y sociales, acompañado de un patrón de salto entre síntomas. La detección precoz recae en médicos de Atención Primaria y pediatras, quienes deben identificar lenguaje médico inusual y listas de diagnósticos. La entrevista debe ser no enjuiciadora y coherente con las pruebas solicitadas, derivando al especialista en salud mental cuando sea necesario. El abordaje requiere un enfoque multidisciplinar, con la terapia cognitivo-conductual como pilar fundamental.
Por Alfredo Calcedo 9 de enero de 2026
La procrastinación se define como el aplazamiento voluntario e irracional de tareas, aun cuando el individuo es consciente de las consecuencias negativas que ello implica. Este fenómeno, especialmente prevalente en contextos educativos, se asocia con menor rendimiento académico, incremento de emociones negativas y patrones estables a lo largo del tiempo, lo que sugiere la existencia de mecanismos psicológicos subyacentes. Entre los factores más estudiados destacan el control atencional y la regulación emocional, procesos interrelacionados que parecen desempeñar un papel crucial en la tendencia a posponer tareas. Desde la perspectiva de la teoría de la motivación temporal, la procrastinación se ve favorecida por impulsividad y distracción, indicadores de un bajo control atencional. La incapacidad para mantener el foco en objetivos facilita el desplazamiento hacia actividades más gratificantes, como el ocio, en detrimento de las metas iniciales. Evidencias empíricas confirman que los procrastinadores presentan dificultades para sostener la atención, mayor variabilidad en tiempos de reacción y una vigilancia reducida, lo que refleja problemas en la atención sostenida. A nivel neurobiológico, se ha observado una menor activación de la corteza prefrontal dorsolateral, región clave para el control cognitivo, junto con una mayor actividad en la red de modo por defecto, asociada a divagación mental. Esta combinación compromete la capacidad para inhibir pensamientos irrelevantes y mantener la concentración. Por otro lado, la procrastinación también se interpreta como una estrategia desadaptativa para regular emociones negativas derivadas de tareas aversivas (por ejemplo, tareas difíciles o aburridas). Posponer permite obtener un alivio emocional inmediato, reforzando el hábito y favoreciendo su cronificación. Estudios han demostrado que la desregulación emocional predice la procrastinación y que intervenciones orientadas a mejorar esta habilidad reducen su frecuencia, lo que evidencia un vínculo causal. Además, la regulación emocional y el control atencional comparten bases neuronales y se influyen mutuamente: déficits atencionales incrementan la reactividad emocional y dificultan la recuperación ante experiencias negativas, mientras que el entrenamiento atencional mejora la regulación afectiva. El presente estudio se propone profundizar en estas relaciones, evaluando cómo la disminución de la vigilancia (atención mantenida) y la tendencia a la divagación mental se asocian con la procrastinación, y explorando el papel mediador de la regulación emocional. Los resultados del estudio demuestran inicialmente que una menor capacidad para sostener el foco atencional se correlaciona de manera directa con niveles elevados de procrastinación rasgo. Sin embargo, el hallazgo más revelador del artículo surge al integrar variables psicológicas adicionales: la desregulación emocional y el "vagar de la mente" (mind-wandering) de carácter espontáneo. Los resultados indican que el vínculo directo entre el bajo control atencional y la procrastinación se debilita, e incluso desaparece, cuando se incluyen estas variables mediadoras en el modelo estadístico. Esto sugiere que la atención deficiente no conduce a la postergación por sí sola, sino a través de su incapacidad para contener estados emocionales negativos y de reducir la divagación mental. Parece que la mente tiene una tendencia natural a divagar hacia pensamientos no relacionados con la tarea, especialmente cuando la tarea realizada es monótona y aburrida. Estos hallazgos subrayan la importancia de intervenciones orientadas a mejorar la regulación emocional y reducir la divagación mental, como el entrenamiento en mindfulness, para mitigar la procrastinación en contextos educativos.