El poder dañino de la vergüenza

7 de enero de 2026

La vergüenza emerge como una emoción profundamente social, moldeada por la mirada ajena y por estructuras culturales e institucionales. El texto comienza con ejemplos ilustrativos: un intercambio televisado entre líderes políticos que convierte la tensión diplomática en espectáculo global; la reprimenda pública a un médico novel en una sala de urgencias, que paraliza su iniciativa y erosiona su confianza; y la exclusión inesperada de una emprendedora, cuya solicitud de aclaración desencadena juicios culturales y la expone a un sentimiento devastador de desvalorización. Estos episodios revelan cómo la vergüenza, cuando se intensifica o se instrumentaliza, puede socavar el aprendizaje, la autoestima y la salud mental.

En su núcleo, la vergüenza implica una evaluación negativa del yo, diferenciándose de la culpa, que se centra en la acción y favorece la reparación. Mientras la culpa favorece la reparación, la vergüenza conduce al retraimiento y a la sensación de ser intrínsecamente defectuoso. Este desplazamiento hacia la identidad fomenta el retraimiento y la inhibición, especialmente ante críticas públicas o morales. Aunque en dosis moderadas cumple funciones adaptativas —reforzar normas, promover cooperación y responsabilidad—, su forma crónica o utilizada como arma se convierte en un mecanismo de daño, asociado a humillación y estigmatización.

Desde una perspectiva neurobiológica, la vergüenza activa redes cerebrales vinculadas al enfoque en el yo, la evaluación social y el razonamiento moral, incluyendo regiones prefrontales y la ínsula anterior. Este patrón refleja su complejidad y su énfasis en la amenaza social. Esta complejidad refleja su doble naturaleza: reguladora en entornos seguros, pero potencialmente devastadora cuando se intensifica.

En el plano fisiológico, la vergüenza desencadena respuestas del sistema nervioso autónomo, elevando frecuencia cardíaca, presión arterial y cortisol, lo que prolonga el estrés y deteriora la regulación emocional, pudiendo contribuir a procesos inflamatorios y enfermedades crónicas.

Psicológicamente, la vergüenza en su forma patológica se asocia con sentimientos de inutilidad, aislamiento y conductas desadaptativas, especialmente cuando deriva de experiencias tempranas adversas

Culturalmente, la vergüenza varía: en sociedades colectivistas refuerza la conformidad, mientras que en contextos occidentales enfatiza la responsabilidad individual. Así, la vergüenza no solo regula conductas, sino que refleja y perpetúa valores sociales, pudiendo convertirse en una fuerza que erosiona identidad y pertenencia.

Por Alfredo Calcedo 8 de enero de 2026
La noción de daño moral ha adquirido una creciente relevancia en la psiquiatría contemporánea. Inicialmente descrita en veteranos de guerra, el daño moral designa el profundo sentimiento de culpa, vergüenza y desorientación que surge cuando una persona participa, presencia o no logra impedir actos que vulneran valores morales fundamentales. A diferencia del trastorno por estrés postraumático (TEPT), centrado en el miedo, o del burnout, asociado al agotamiento, el daño moral se caracteriza por una vivencia de traición, por otros, por instituciones o por uno mismo. En los últimos años, se ha intensificado el debate sobre su posible reconocimiento como diagnóstico independiente. Publicaciones recientes y la inclusión del daño moral como código Z en el DSM-5-TR reflejan un avance hacia su formalización, subrayando que las injusticias sistémicas y entornos éticamente corrosivos contribuyen directamente a la morbilidad psíquica. La pandemia de COVID-19 y la guerra Israel-Hamás han visibilizado esta problemática: profesionales sanitarios y civiles enfrentan dilemas éticos extremos que exceden las categorías tradicionales de TEPT o depresión. Estudios clínicos en veteranos israelíes revelan correlaciones significativas entre eventos moralmente lesivos, síntomas depresivos y riesgo suicida, sugiriendo la necesidad de intervenciones específicas como el perdón y la reparación moral. Sin embargo, persiste la controversia: ¿debe la psiquiatría medicalizar una respuesta que podría considerarse natural ante atrocidades? Reducir el daño moral a un listado de síntomas podría desviar la atención de los factores estructurales que la generan, como la violencia política o la inequidad en recursos. Lejos de ser solo patología, el daño moral puede convertirse en motor de activismo. La transformación del dolor moral en acción política y defensa de derechos humanos muestra su potencial emancipador. En este contexto, la psiquiatría enfrenta una doble responsabilidad: aliviar el sufrimiento individual y denunciar las condiciones que lo producen. Más que decidir si el daño moral merece un código como diagnóstico, el reto es si la disciplina asumirá su voz moral frente a la injusticia.
Por Alfredo Calcedo 8 de enero de 2026
La segunda edición de la Guía Práctica para el Tratamiento del Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), publicada por la APA , marca un nuevo capítulo en la comprensión del papel de la farmacoterapia en esta población. Aunque los pacientes con TLP continúan recibiendo medicamentos de múltiples categorías, la evidencia actual indica que estos fármacos no abordan los síntomas nucleares del trastorno y pueden implicar riesgos significativos. Al igual que en la versión de 2001, la psicoterapia se mantiene como el tratamiento principal, pero la nueva guía introduce un énfasis renovado en la precaución farmacológica, la prevención de la polifarmacia y la desprescripción colaborativa. El abordaje tradicional que contrapone psicoterapia y medicación resulta insuficiente. La guía propone integrar ambos enfoques, reconociendo que el prescriptor debe actuar también como psicoterapeuta, aplicando principios derivados de terapias basadas en la evidencia. Esto responde a la complejidad clínica del TLP, caracterizada por impulsividad, inestabilidad afectiva y riesgo suicida intermitente, que no se resuelven mediante un modelo médico convencional. A pesar de la ausencia de fármacos aprobados por la FDA para TLP, la prescripción sigue siendo frecuente, incluso cuando los tratamientos para comorbilidades muestran menor eficacia en pacientes con TLP. Por ello, se recomienda educar al paciente sobre las limitaciones de la medicación, revisar riesgos y beneficios, mantener comunicación interdisciplinaria y realizar conciliaciones periódicas, incluyendo estrategias de desprescripción. La guía también destaca intervenciones complementarias como la Terapia Dialéctica Conductual, el Buen Manejo Psiquiátrico y la Psicoterapia Centrada en la Transferencia, además de la desprescripción colaborativa, que considera las dinámicas transferenciales propias del TLP. En suma, el documento aboga por un tratamiento realista y seguro, donde la integración de psicoterapia y farmacoterapia, bajo un marco teórico sólido, sustituya la práctica reactiva y la polifarmacia habitual, favoreciendo un abordaje más ético y eficaz. Comentado en Psychiatry Online .
Por Alfredo Calcedo 8 de enero de 2026
El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) es una afección común e incapacitante. Un gran porcentaje de pacientes no responde al tratamiento de primera línea con inhibidores de la recaptación de serotonina (ISRS ) o clomipramina . La evidencia preliminar sugiere que la psilocibina , un agonista del receptor de serotonina, podría ser eficaz. En este estudio se realiza una provocación farmacológica para investigar la eficacia y los mecanismos de efecto de la psilocibina en el TOC. Este análisis solo informa sobre los resultados clínicos. El estudio, limitado por el pequeño tamaño de la muestra y la ausencia de aleatorización, demostró que una dosis fija única de 10 mg de psilocibina fue bien tolerada por personas con TOC y superó a una dosis comparativa ultrabaja de 1 mg de psilocibina para producir una reducción específica, de inicio rápido y moderadamente grande en los síntomas del TOC. Los efectos duraron una semana, tras la cual disminuyeron y dejaron de ser significativos para la segunda semana. Curiosamente, se encontró un efecto significativo del fármaco para las compulsiones y no para los síntomas depresivos, lo que sugiere un posible papel de la psilocibina como tratamiento para una gama más amplia de trastornos caracterizados por conductas compulsivas. Comentado en Psypost .