Patrón de uso del móvil (activo/pasivo) durante la noche y riesgo suicida

19 de noviembre de 2025

El estudio, publicado en JAMA Network Open, explora cómo los patrones de uso del smartphone durante la noche pueden anticipar el riesgo de ideación suicida al día siguiente. La investigación parte de una pregunta clave: ¿es el tipo de interacción con el dispositivo —pasiva o activa— más relevante que la cantidad total de tiempo frente a la pantalla?

Para responder, los autores reclutaron a 79 adultos con historial reciente de ideación o conductas suicidas. Durante 28 días, se recogieron datos de alta resolución mediante capturas de pantalla cada cinco segundos, acumulando más de 7,5 millones de imágenes. Paralelamente, los participantes completaron seis encuestas diarias que evaluaban ideación pasiva, activa y planificación suicida. El análisis se centró en tres indicadores: el intervalo más largo sin uso entre las 20:00 y las 10:00, el uso dentro de las ventanas de sueño autorreportadas y la actividad por hora en tres franjas críticas: tarde (23:00–1:00), medianoche (1:00–5:00) y madrugada (5:00–8:00). Además, se distinguió entre uso pasivo (consumo de contenido) y activo (interacción mediante teclado), empleando un modelo de visión artificial para detectar escritura.

Los hallazgos son reveladores. El uso pasivo entre las 23:00 y la 1:00 se asoció con mayor probabilidad de ideación suicida y planificación al día siguiente. En contraste, el uso activo entre la 1:00 y las 5:00 mostró un efecto protector, sugiriendo que actividades como mensajería pueden funcionar como estrategias de afrontamiento o conexión social. Otro resultado importante fue que los intervalos prolongados sin uso —especialmente de 7 a 9 horas— se vincularon con menor riesgo, mientras que las pausas más cortas (4 a 7 horas) se asociaron con mayor vulnerabilidad. Estas asociaciones se mantuvieron incluso controlando por el tiempo total de pantalla, lo que indica que el momento y la naturaleza del uso son más determinantes que la cantidad.

El estudio plantea interpretaciones interesantes: el consumo pasivo nocturno podría intensificar emociones negativas o exponer a contenido sensible, mientras que la interacción activa podría ofrecer soporte social. Sin embargo, los autores advierten que la relación puede ser bidireccional: la ideación suicida también podría impulsar ciertos patrones de uso. Entre las fortalezas destacan la granularidad de los datos y la diferenciación entre tipos de uso; entre las limitaciones, el tamaño reducido de la muestra y la falta de registro previo del protocolo.

En conclusión, los resultados sugieren que los patrones específicos de uso nocturno del smartphone pueden actuar como biomarcadores digitales del riesgo suicida inminente. Esto abre la puerta a intervenciones “just-in-time” que no se basen en reducir el tiempo total de pantalla, sino en identificar momentos críticos y estilos de interacción. La investigación aporta una perspectiva innovadora para la prevención del suicidio en la era digital, donde la tecnología puede convertirse tanto en un riesgo como en una herramienta protectora.

Por Alfredo Calcedo 30 de diciembre de 2025
El trastorno de ansiedad generalizada (TAG) es una afección crónica e incapacitante. Si bien la terapia cognitivo-conductual (TCC) es un tratamiento de primera línea para el TAG, el acceso a este tratamiento es limitado; los programas de TCC digital (TCCD) podrían tener el potencial de superar las barreras para un tratamiento eficaz y ampliar el alcance y el impacto de los terapeutas. El objetivo de este estudio fue evaluar la efectividad de la TCCD administrada por teléfono inteligente en comparación con una condición de control de psicoeducación activa para el tratamiento del TAG. Resultado: En este ensayo clínico aleatorizado en el que participaron 351 adultos con TAG, una terapia cognitivo conductual digital (TCDC) administrada por teléfono inteligente produjo mayores tasas de reducción y remisión de la ansiedad en comparación con la psicoeducación. Dadas las limitaciones en el acceso a la TCC con respaldo empírico, un programa eficaz de TCCD tiene un claro potencial de beneficio para la salud pública.
Por Alfredo Calcedo 30 de diciembre de 2025
El posparto es una fase de alto riesgo para la salud materna e infantil, sin embargo, los predictores de la recurrencia del trastorno bipolar (TB) durante este período siguen sin estar claros, en particular con respecto a las distinciones entre el TB tipo I y II. Este estudio observacional retrospectivo evaluó las tasas y correlatos clínicos de episodios de estado de ánimo posparto en 248 mujeres con antecedentes de al menos un embarazo, afectadas por TB I (n: 89) y TB II (n: 159). Las participantes se dividieron en dos grupos según la presencia/ausencia de episodios de estado de ánimo posparto. Resultados El 29,4% de la muestra total presentaron antecedentes de episodios de alteración del estado de ánimo en el posparto, con una mayor prevalencia en el TB I que en el TB II (30,3% frente a 27,0%). Una edad de inicio del TB más tardía se asoció significativamente con un menor riesgo de recurrencias posparto tanto en el TB I como en el TB II. En el TB I, las mujeres con episodios periparto presentaron la menarquia a una edad más temprana (36,0% frente a 10,0%). En el TB II, las pacientes con recurrencias periparto presentaron una primera hospitalización más temprana y mayores tasas de comorbilidades médicas. Conclusión Estos hallazgos indican que, en el TB I, los factores constitucionales hereditarios subyacentes (como la edad de inicio y la edad de la menarquia) pueden influir en el riesgo de episodios posparto, mientras que en el TB II la recurrencia parece estar más relacionada con la gravedad de la enfermedad (como la edad de la primera hospitalización y las comorbilidades médicas). Dada la falta de predictores establecidos para las recurrencias perinatales, se justifican estudios adicionales para validar y ampliar estos hallazgos, mejorando así la comprensión del riesgo de recurrencia del estado de ánimo durante el período posparto.
Por Alfredo Calcedo 30 de diciembre de 2025
En Japón, el envejecimiento extremo de la población ha generado una crisis silenciosa que se manifiesta en episodios trágicos como el de Masato Watabe, un hombre de 79 años que confesó haber asfixiado a su madre centenaria en un acto que describió como “caridad”. El caso ha reavivado el debate sobre la “fatiga del cuidador” , agotamiento físico, emocional y económico que sufren quienes atienden a familiares ancianos sin apoyo suficiente. Japón es el país más envejecido del mundo: casi el 30% de su población supera los 65 años, uno de cada diez ciudadanos tiene más de 80, y existen unos 90.000 centenarios. Este fenómeno ha creado estructuras familiares frágiles, donde hijos septuagenarios o octogenarios cuidan a padres nonagenarios, en condiciones de aislamiento y con escasos recursos. Aunque el sistema japonés presume de seguros avanzados para cuidados prolongados, las listas de espera son extensas y los costos, elevados, especialmente en zonas rurales. Tras el crimen de Watabe, surgieron voces que pedían comprensión, argumentando que el hombre actuó tras años de agotamiento y soledad. Otros, en cambio, exigieron firmeza judicial, subrayando que el homicidio nunca es justificable. Sin embargo, ambos discursos coincidieron en la urgencia de reforzar políticas públicas que alivien la carga de los cuidadores y amplíen los servicios asistenciales. Este caso no es aislado: en noviembre, una mujer de 71 años fue condenada por matar a su madre de 102, y otra fue arrestada en Nagano por un hecho similar. Según investigaciones, entre 2011 y 2021 se registró en Japón un suicidio o asesinato vinculado al cuidado cada ocho días. Sociólogos advierten que detrás de estos crímenes subyacen factores culturales —el deber moral de cuidar a los padres— y una soledad estructural que, combinadas, pueden convertir el sacrificio en desesperación.