Tratamiento con lamotrigina durante el período perinatal
21 de julio de 2025
La lamotrigina es beneficiosa en el trastorno bipolar y se suele recetar a pacientes durante su período de potencial reproductivo. El artículo resume aspectos de la farmacología de la lamotrigina, usos en la práctica psiquiátrica, posibles riesgos derivados de la exposición intrauterina a la lamotrigina y hace algunas sugerencias para el manejo clínico.
Resumen características de la lamotrigina
- La lamotrigina es eficaz como tratamiento complementario en episodios depresivos bipolares y como tratamiento de mantenimiento para prevenir recaídas en el trastorno bipolar. También se utiliza como antiepiléptico.
- Dosis en el trastorno bipolar: titulación lenta comenzando con 25 mg durante 14 días, hasta la dosis de mantenimiento recomendada por el Formulario Nacional Británico de 200 mg diarios en 1 o 2 dosis divididas, dosis máxima 400 mg/día
- Reinicie la titulación si han transcurrido más de 5 días de dosis olvidadas.
- No existe un rango terapéutico acordado de los niveles séricos de lamotrigina en los trastornos afectivos.
- La evidencia sugiere que el uso de lamotrigina durante el embarazo no conduce a un aumento en las tasas de malformaciones congénitas importantes en los bebés.
- Durante el embarazo, la farmacocinética de lamotrigina se altera y los niveles séricos pueden ser útiles; los pacientes tienden a requerir dosis más altas en el tercer trimestre y una reducción de la dosis después del parto.
- La lamotrigina se puede utilizar en madres lactantes, con vigilancia del lactante para detectar somnolencia y dificultades respiratorias.
- Efectos secundarios: la aparición de erupciones cutáneas afecta a entre el 5 % y el 10 % de los pacientes; las reacciones adversas cutáneas graves (SCARS) son relativamente poco frecuentes (con una incidencia estimada de 1/1000 a 1/2500), pero pueden ser potencialmente mortales. Se debe advertir a los pacientes que suspendan el tratamiento con lamotrigina y busquen atención médica si presentan una erupción. Otros efectos secundarios incluyen náuseas, dolor de cabeza, somnolencia y sequedad bucal.

A lo largo de la última década, la investigación ha destacado el papel central de la microbiota intestinal como mediadora entre la alimentación y la salud cerebral. En este contexto, el aceite de oliva —y especialmente su versión virgen— aparece como un elemento clave de la dieta mediterránea con beneficios potenciales sobre la composición microbiana y la función cognitiva. Este estudio se propuso explorar cómo el consumo total y diferenciado de tipos de aceite de oliva se relaciona con la microbiota intestinal y con cambios cognitivos en adultos mayores. En este estudio de cohorte prospectiva, participaron 656 personas de entre 55 y 75 años, con sobrepeso u obesidad y síndrome metabólico. Los investigadores recogieron muestras fecales y cuestionarios dietéticos al inicio, junto con una completa evaluación neuropsicológica repetida tras dos años de seguimiento. Los análisis multivariables revelaron que una mayor ingesta de aceite de oliva virgen se asociaba con mejoras cognitivas a lo largo del periodo estudiado y con una estructura microbiana más diversa al inicio. En contraste, el consumo elevado de aceite de oliva común se vinculó con menor diversidad alfa de las comunidades bacterianas y un declive cognitivo más acelerado. El análisis sugirió que ciertos taxones —en particular Adlercreutzia— podrían ejercer un papel mediador entre el consumo de aceite virgen y la evolución cognitiva favorable. En conjunto, los hallazgos apuntan a que el aceite de oliva virgen podría contribuir a la preservación cognitiva mediante efectos beneficiosos sobre la microbiota intestinal, abriendo nuevas vías para estrategias dietéticas orientadas al envejecimiento saludable. Comentado en Geriatracarea

Los pensamientos suicidas entre los médicos son comunes y aumentaron durante la pandemia de COVID-19; sin embargo, muchos dudan en buscar apoyo de salud mental. Este análisis cualitativo examina las experiencias de médicos y médicos en formación que han tenido pensamientos suicidas y han intentado buscar ayuda. Mediante una búsqueda sistemática se realiza un análisis cualitativo de las narrativas publicadas de médicos y residentes que describen sus experiencias de búsqueda de ayuda para la conducta suicida Resultados: En 52 narrativas, los autores describieron comúnmente presiones previas, formas de afrontamiento, intenso malestar emocional y autopercepciones alteradas. Los relatos muestran cómo la cultura médica —centrada en el rendimiento, la resiliencia inquebrantable y la autosuficiencia— actúa como un marco que normaliza el sufrimiento silencioso y desalienta la expresión de vulnerabilidad. Las barreras para buscar ayuda se basaban en presiones que contribuían a la conducta suicida: el miedo a ser percibidos como incompetentes, la estigmatización persistente de la enfermedad mental, la preocupación por posibles repercusiones en la licencia profesional, la renuencia a cargar a colegas o familiares y la dificultad para acceder a servicios confidenciales y oportunos. Estas barreras consolidan un aislamiento emocional que refuerza la tendencia a afrontar en soledad la crisis suicida. Sin embargo, las narrativas también informan de elementos facilitadores que permiten a algunos profesionales dar el paso hacia la ayuda. Entre ellos destacan la disponibilidad de atención verdaderamente confidencial, una mayor alfabetización en salud mental y, especialmente, el impacto transformador del modelaje de conducta: cuando colegas o mentores reconocen abiertamente su propia necesidad de apoyo, disminuyen el estigma y legitiman la búsqueda de cuidado. Interpretación: La intensa presión por alcanzar el éxito en la medicina disuade a los médicos de reconocer su angustia y buscar ayuda, pero ser un modelo a seguir en la búsqueda de ayuda puede atenuar el estigma. Comprender estos factores interrelacionados puede orientar los cambios necesarios para desarrollar estrategias específicas de prevención del suicidio dirigidas a los médicos y promover su bienestar.

Extenso reportaje de la periodista Maggie Jones para The New York Times, titulado « La vida con uno de los trastornos más polémicos de la psiquiatría ». El artículo narra la historia de Milissa Kaufman, psiquiatra e investigadora del Hospital McLean que reveló públicamente que ella misma vivió con trastorno de identidad disociativo (TID) y se recuperó tras años de tratamiento. Jones entrevistó a más de dos decenas de personas diagnosticadas y a casi 20 especialistas. El TID, antes conocido como trastorno de personalidad múltiple, es uno de los diagnósticos más controvertidos de la psiquiatría. Durante décadas, algunos críticos han sostenido que es extremadamente raro, o que no existe en absoluto. Kaufman ha desempeñado un papel importante en la comprensión emergente de este trastorno. Motivada por su propia experiencia, se convirtió en psiquiatra y ha dedicado su carrera a la investigación y el tratamiento de la disociación y el trauma. La historia de Milissa Kaufman, una respetada psiquiatra e investigadora del Hospital McLean, sirve como eje para desmitificar esta condición. Kaufman, en un acto de vulnerabilidad sin precedentes en su campo, reveló haber vivido y recuperado su integridad psíquica tras años de tratamiento por TID. Su experiencia infantil no fue la de una "personalidad múltiple" de ficción, sino la de una niña que, para sobrevivir a lo insoportable, compartimentó su mente. En su interior convivían la "niña curiosa", la "señora amable" y la "niña encerrada en una caja", facetas de un mismo ser que se fragmentaron para que el dolor no lo consumiera todo. El artículo subraya que el TID no consiste en tener personas diferentes dentro de un cuerpo, sino en ser una sola persona cuyos aspectos de la identidad no han logrado integrarse. Esta fragmentación se manifiesta en la vida cotidiana de formas desconcertantes: una profesora universitaria que, en medio de una reunión académica, de repente se siente como una niña pequeña incapaz de articular una respuesta adulta; o una mujer que encuentra en su maletero zapatos que no recuerda haber comprado. Estos lapsos de memoria y cambios de estado no son actos teatrales, sino mecanismos de defensa automáticos ante disparadores emocionales. A pesar de la evidencia neurocientífica que comienza a mostrar diferencias en el procesamiento cerebral de estos pacientes, el diagnóstico sigue siendo polémico. El reportaje aborda el fenómeno actual en redes sociales como TikTok, donde la proliferación de autodiagnósticos y representaciones dramatizadas ha generado una nueva ola de escepticismo. No obstante, el consenso clínico apunta a que el TID es una respuesta de supervivencia a traumas infantiles reales y tratables. La recuperación, como demuestra el caso de Kaufman, es posible pero ardua. Requiere años de una terapia que no busque el espectáculo de las "identidades", sino la integración lenta y compasiva de esos fragmentos rotos. Al final, el TID no es un enigma para el entretenimiento, sino el testimonio de la asombrosa capacidad de la mente humana para protegerse de lo que no debería haber ocurrido jamás. Comentado en Psyciencia.


