Trastorno facticio: a propósito de un caso

2 de marzo de 2026

El trastorno facticio autoimpuesto (TFAI), conocido históricamente como síndrome de Munchausen, es un trastorno psicológico en el que el individuos falsifica o induce síntomas físicos o psicológicos en ausencia de incentivos externos. El TDAI es poco frecuente y afecta aproximadamente al 1 % de los pacientes hospitalizados.

Los criterios diagnósticos del TFAI incluyen los siguientes: (1) falsificación de signos o síntomas físicos o psicológicos, (2) la persona se presenta ante los demás como enferma o lesionada, y (3) el comportamiento engañoso es evidente incluso en ausencia de recompensas externas obvias

En este caso se presenta a una mujer de 45 años con episodios recurrentes similares a convulsiones y anafilaxia durante múltiples hospitalizaciones. El videoelectroencefalograma (EEG), las pruebas de laboratorio y las imágenes no fueron concluyentes para convulsiones ni anafilaxia. Su evolución clínica incluyó presentaciones recurrentes sin causa aparente y exposición repetida a intervenciones potencialmente invasivas a pesar de la falta de confirmación diagnóstica objetiva. Este caso ilustra los desafíos diagnósticos del TFAI y destaca la importancia de una evaluación clínica cuidadosa, la minimización del daño iatrogénico y un enfoque de manejo multidisciplinario.

Por Alfredo Calcedo 16 de abril de 2026
El autor de este artículo parte de una idea provocadora: ¿qué pasaría si la mayoría de los diagnósticos psiquiátricos fueran incorrectos? A primera vista, uno imaginaría un sistema caótico, lleno de tratamientos inadecuados y pacientes perjudicados. Sin embargo, la realidad no parece tan desastrosa, y esa paradoja es el punto de partida de la reflexión. El texto sugiere que esto ocurre porque los diagnósticos psiquiátricos, en la práctica clínica, no son tan determinantes como se suele pensar. Aunque se presentan como categorías precisas —como depresión, ansiedad o esquizofrenia—, en realidad los tratamientos no dependen estrictamente de esas etiquetas. Medicamentos como los antidepresivos o terapias como la cognitivo-conductual se aplican a un amplio rango de síntomas, más que a diagnósticos específicos. Así, el foco real del tratamiento no está en el nombre del trastorno, sino en las experiencias y síntomas concretos del paciente. Desde esta perspectiva, que un diagnóstico sea “incorrecto” pierde parte de su importancia. Lo relevante es comprender qué está viviendo la persona y cómo ayudarla a manejarlo, independientemente de cómo se clasifique su situación. El artículo también invita a cuestionar qué significa exactamente que un diagnóstico sea “falso”. En psiquiatría, las categorías no funcionan como en otras áreas de la medicina, donde existen marcadores biológicos claros. Más bien, son construcciones útiles pero imperfectas, que intentan organizar experiencias humanas complejas. En definitiva, el texto propone una mirada más flexible: los diagnósticos pueden ser herramientas prácticas, pero no deben confundirse con verdades absolutas. Comprender el sufrimiento humano requiere ir más allá de las etiquetas y centrarse en la vivencia individual. De este modo, la psiquiatría puede seguir funcionando razonablemente bien, incluso si sus categorías son, en muchos casos, inexactas.
Por Alfredo Calcedo 16 de abril de 2026
En el horizonte de la formación psiquiátrica emerge una nueva figura: el chatbot , no como amenaza inmediata, sino como un nuevo interlocutor pedagógico que obliga a repensar métodos y prioridades. El artículo describe un campo en transición, donde la enseñanza deja de ser estática para volverse interactiva, casi conversacional. Los chatbots aparecen como tutores incansables, capaces de ajustar explicaciones al nivel del aprendiz, detectar vacíos persistentes y generar ejercicios a medida, transformando el estudio en un proceso dinámico y personalizado. Pero su papel no se limita al conocimiento teórico. En la práctica clínica simulada, estos sistemas recrean pacientes, ensayan entrevistas difíciles y desafían al residente a precisar diagnósticos o justificar decisiones terapéuticas. Funcionan también como una suerte de supervisor auxiliar, cuestionando formulaciones vagas y promoviendo un razonamiento más riguroso. Sin embargo, el texto sugiere que esta revolución no es meramente técnica, sino formativa: obliga a redefinir qué significa aprender psiquiatría en una era donde la información es inmediata, pero el juicio clínico sigue siendo profundamente humano.
Por Alfredo Calcedo 16 de abril de 2026
La falta de médicos en las prisiones españolas ha llevado al Ministerio del Interior a tomar decisiones controvertidas. Según denuncian varios facultativos, ante la escasez de personal sanitario, Instituciones Penitenciarias ha recurrido a una fórmula para incorporar médicos sin la especialidad requerida, algo que la ley no permite. La estrategia consiste en contratar a estos profesionales como interinos, pero asignándolos oficialmente a programas de salud, higiene o prevención de drogadicciones. Sobre el papel, su labor es limitada y preventiva. Sin embargo, en la práctica, estos médicos terminan realizando funciones completas: atienden consultas, recetan medicamentos y cubren guardias como cualquier otro profesional del sistema. ( Esta situación ha generado críticas porque, aunque se intenta justificar como una solución urgente, supone saltarse los requisitos legales establecidos para ejercer en el ámbito público. Detrás de esta “treta” hay un problema de fondo: la falta crónica de médicos en las cárceles, que obliga a buscar soluciones improvisadas para mantener la atención sanitaria básica a los internos.